sábado, octubre 31, 2009
sábado, agosto 15, 2009
Se busca.

Decidió esperar un poco mas, con las llaves en la mano, y la compra amontonada, tibia y mansa, junto a sus pies. La puerta que tantas veces había franqueado con la cabeza nimbada de brumas se erguía ahora con la tangibilidad de una isla desconocida, una de esas islas que descubre incrédulo nuestro mascarón de proa cuando los últimos jirones de niebla se hacen a un lado y el cielo se muestra apacible, de un azul inclasificable que nos reconcilia con el mundo. Sopesó por un instante la posibilidad de dejarlo todo, dar media vuelta y buscar esa isla, pero su cabeza seguía meciéndose en el interior de un mercante de rumbos adocenados. Demasiada niebla alrededor.
El perro de Norman lloriqueaba inquieto al otro lado del rellano, desgranando pequeños aullidos que el miedo entrecortaba, como si intuyera ese mundo que se desplegaba indolente mas allá de su portal y de los insulsos paseos de quince minutos entorno a la manzana. Recordó entonces las miradas alambicadas con que los extraños se interrogan en las salas de espera de los consultorios, en los vagones de metro, en todos los ascensores y se hizo un claro en el horizonte. Intentó imaginar el sabor de los besos que no se pueden medir ni juzgar, la cara de Sally cuando tropezara al día siguiente con la compra, o la de Norman cuando no encontrara a su perro al llegar a casa. Intentó imaginar todo eso y no pudo por menos que reír.
jueves, agosto 13, 2009
domingo, agosto 02, 2009
Divisadero
Cuando te dispones a saltar desde la azotea de un edificio ya nada resulta en esencia descabellado. Finges disponer de una nueva perspectiva. Te tomas tu tiempo, todo ese tiempo que a todo el mundo le sabe a poco y con el que tú nunca has sabido muy bien que hacer. Te descalzas y balanceas los pies desde la cornisa que, has decidido, va a ser el último divisadero. Las gaviotas aquí no hacen preguntas, se limitan a sobrevolar la azotea, ondeando sobre tu cabeza como banderas sin dueño y algo dentro de ti quisiera pedir algo, tímidamente, como si todavía fuese posible y existiese alguien tras las nubes dispuesto a escuchar.
Ahí abajo todo es un ir y venir de falsos pintores de amaneceres. Yo me quedo aquí, con mis gaviotas enfurecidas y mis naturalezas muertas.
Sopla una brisa densa y expansiva que intenta congraciarme con el mundo. No sabría decir de dónde viene. Nunca he pretendido comprender. Al viento, como a todo, no se le comprende poniéndole un nombre. Campanean mis pies a cada envite y yo los miro como si ya no me perteneciesen, como si ya hubiesen dado ese último paso que no me decido a dar.
Ahí abajo estarás tú también, pienso, atareada como el resto de esas hormigas que desaparecen tras las esquinas, que cruzan apresuradas los pasos de cebra y acarician sus telefonos móviles como si fuesen reliquias de un viejo amor. Ojalá pudieras ver todo esto. Seguro que tendrías algo que decir. Tú siempre sabes qué decir. Las palabras pacen en mi pecho como corderos que ignoran su suerte. Tu lo intuyes. Yo lo sé.
Sopla el viento sin nombre. Las gaviotas callan y observan. Mis pies ya han resuelto ir tras sus pasos.
Ahí abajo todo es un ir y venir de falsos pintores de amaneceres. Yo me quedo aquí, con mis gaviotas enfurecidas y mis naturalezas muertas.
Sopla una brisa densa y expansiva que intenta congraciarme con el mundo. No sabría decir de dónde viene. Nunca he pretendido comprender. Al viento, como a todo, no se le comprende poniéndole un nombre. Campanean mis pies a cada envite y yo los miro como si ya no me perteneciesen, como si ya hubiesen dado ese último paso que no me decido a dar.
Ahí abajo estarás tú también, pienso, atareada como el resto de esas hormigas que desaparecen tras las esquinas, que cruzan apresuradas los pasos de cebra y acarician sus telefonos móviles como si fuesen reliquias de un viejo amor. Ojalá pudieras ver todo esto. Seguro que tendrías algo que decir. Tú siempre sabes qué decir. Las palabras pacen en mi pecho como corderos que ignoran su suerte. Tu lo intuyes. Yo lo sé.
Sopla el viento sin nombre. Las gaviotas callan y observan. Mis pies ya han resuelto ir tras sus pasos.
domingo, julio 05, 2009
Samsung NC10
Me compré un notebook porque las escusas no se venden, lo compré para escribir como se supone que escriben los que saben de esto, como si lo hicieran siempre delante de estos trastos o los necesitaran para tener algo que contar, como si hacerse con uno de ellos lo invistiese a uno con una dignidad singular para estos menesteres. Como si realmente esto fuera a cambiar algo. Bueno, al menos ha sido escrito con el notebook. Es un principio.
sábado, julio 04, 2009
En el parque, a las tres
Ella giraba dulcemente, sin prisas, con los brazos levemente alzados y nuestros corazones prendidos entre sus dedos. Las sonrisas cómplices y melifluas de los músicos sucedieron a las miradas de desconcierto que tan pródigamente se manifestaron en los primeros compases. Ella permanecía así, con los ojos cerrados y una sonrisa que solo se intuye perfilada por la muerte en el rostro de algunos difuntos, algunos ahogados acaso, o suicidas a los que nadie acertó a importunar con sus tediosas ansias de vida. Y así, el suyo, entre vuelta y vuelta, se me antojaba un rostro de niña avezado a la tragedía. Esa tragedia que tañe la mansedumbre y los muchos años ya consumidos; años de niña ajada, que corren como la sinrazón de las preguntas que nunca obtendrán respuesta. Ella giraba y giraba y nosotros con ella, huérfanos de toda esa vida que a ella se le escapaba a borbotones fríos y lánguidos como el caliz que vuelca en el altar de una iglesia en ruinas, una ofrenda antigua abandonada a los pies de un Dios que ya no existe.


lunes, junio 01, 2009
Una tarde menos
Tarde, siempre llego tarde. Todo cuanto me rodea me recuerda que la mía es una carrera perdida de antemano, que nunca hubo un primer puesto esperandome en ningún lugar. Me gusta demasiado perder el tiempo, supongo. Tal vez debería cultivar uno de esos jardines zen donde solo hay piedras y arena y un rastrillo para trazar ondas con la grava. Sentarme y seguir esperando. Todo esto es una mierda. Me gustaría buscar palabras de aliento en el diario del capitán Scott. Él sí supo llegar tarde.
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