viernes, octubre 10, 2008
De fresán
Yo nunca me hubiera fijado en esta libro, en esta historia. Pero es que la entrevista es de Rodrigo Fresan.
Maxwell cauldfield
Frente a mi ordenador es la una; la una y siete minutos de la mañana para cuando consigo amedrentar definitivamente esta duermevela . A estas horas "Couldfield" ya es "Cauldfield", palabra de google, y el tal Maxwell (¿Smart?) de cuya extraña asociación apenas logro zafarme ni sacar nada en claro, pasa a desvelarse ( para sonrojo de esta memoria mía de patchwork de papel maché), como Holden: Holden Cauldfield. El adolescente de El guardian entre el centeno.
No consigo dormir. Tengo los pies helados y la cabeza dispuesta pero no hay nada que hacer ni disposición propicia. Nisiquiera cierto atisbo de predisposición con sabor a promesas frescas. Sólo el vertigo y el sabor metálico de la sangre que el boxeador recuerda (¡qué bien encajaba los golpes!), y ella clavada en la orilla, sonámbula, escudriñando el océano y atenta a los susurros de la rompiente. Y yo aqui. A sus pies, mirándola; ora su rostro soliviantado ora el océano embravecido. Velando el malogrado sueño y anotando sus palabras que nadie entiende. Como a las caprichosas veleidades de esta memoria mia: Maxwell couldfield. La una y media. Otra noche sin dormir. De tí no sé nada.
No consigo dormir. Tengo los pies helados y la cabeza dispuesta pero no hay nada que hacer ni disposición propicia. Nisiquiera cierto atisbo de predisposición con sabor a promesas frescas. Sólo el vertigo y el sabor metálico de la sangre que el boxeador recuerda (¡qué bien encajaba los golpes!), y ella clavada en la orilla, sonámbula, escudriñando el océano y atenta a los susurros de la rompiente. Y yo aqui. A sus pies, mirándola; ora su rostro soliviantado ora el océano embravecido. Velando el malogrado sueño y anotando sus palabras que nadie entiende. Como a las caprichosas veleidades de esta memoria mia: Maxwell couldfield. La una y media. Otra noche sin dormir. De tí no sé nada.
viernes, septiembre 19, 2008
Sin noticias de Rilke
"Yo me defendía bastante bien hasta que tú levantaste mi piedra de un puntapié y tuve que salir, todo musgo y ojos".
El bosque de la noche - Djuna Barnes
"Cuando se ama a una persona se desea siempre que se vaya para poder soñar con ella."
Y lo demás son todo sombras. No importa si las nubes lo saben. Lo sabemos tu y yo.
Marina Tsvetaieva
Y lo demás son todo sombras. No importa si las nubes lo saben. Lo sabemos tu y yo.
viernes, septiembre 12, 2008
El raton que soñó ser un hombre
Porque tú ya no me miras, hoy, vuelvo a ser el gigante más pequeño del mundo.
jueves, julio 24, 2008
Ray Loriga
Donde quiera que te encuentres ahora, Ray, sea lo que sea lo que estés haciendo ahora, Ray,...no dejes nunca de escribirnos. Una sola de esas frases tuyas ilumina un buen trecho del pasillo, Ray, y nos llena el pecho de un ánimo falso, de un valor falso que nos impele a abandonar nuestros cuartos. Tarde o temprano encontraré la puerta, Ray, y rezaré a tus dioses para que la de entrada sea la misma que la de salida, y para que ambas, en el peor de los casos, me lleven a mí.
lunes, julio 14, 2008
martes, junio 24, 2008
El olvido que seremos
Sobre mi mesa todavía amarillea bajo el teclado del ordenador un artículo de diciembre. En él , Héctor Abad Faciolince evoca el asesinato de su padre en El olvido que seremos (seix barral).
"Un joven disparó seis tiros al padre del escritor hasta confirmar que había muerto. En uno de los bolsillos de su chaqueta, el médico colombiano llevaba copiado un soneto de Borges. El que empieza así: Ya somos el olvido que seremos."
"Un joven disparó seis tiros al padre del escritor hasta confirmar que había muerto. En uno de los bolsillos de su chaqueta, el médico colombiano llevaba copiado un soneto de Borges. El que empieza así: Ya somos el olvido que seremos."
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el fin, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quien fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.
No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre; Ya somos el olvido que seremos. Me gustan estos versos. Se trata de uno de los sonetos inéditos de Borges y no se me ocurre nada mejor que llevar en el bolsillo de una chaqueta el día que muera. Me pregunto qué clase de hombre llevaría algo así en un bolsillo como quien lleva un mechero, las llaves o el móvil. Me pregunto que hace un artículo así bajo mi teclado desde diciembre.
domingo, mayo 18, 2008
desajustes
Sacaste el brazo de entre las sábanas sin apartar la mirada, como quien desenvaina un sable por enésima vez para cercenar otros brazos, otras miradas; acercaste tu mano triste y nervuda de invierno de cuento y retiraste de mi frente un mechón de pelo que al parecer te contrariaba, con esa ternura subterránea que se profesan los viejos matrimonios. Yo callaba y seguía mirándote, aguardando la conclusión de aquel gesto tuyo tan ajeno y en cuya ejecución obscena, por infantil, se vislumbrara toda nuestra historia de malos entendidos y abriésemos las puertas de par en par, definitivamente, a esa niña rebelde y obstinada que ya no se nos oculta, que juega sentada en el suelo, en cada rincón de la casa, a todas horas y sin venir a cuento.
Seguíste mirándome unos segundos más como esperando unas palabras que descifraran mi desconcierto. Pero no dije nada. Tu mano se retiró como una criatura anfibia que, herida, buscara cobijo en las profundidades de algún estanque oculto y tus ojos empezaron a perder vida, poco a poco, ancorándose: dos estelas trazando arabescos de tinta bajo el agua hasta confundirse entre las sombras. Te giraste lánguidamente y me ofreciste la espalda para que escribiera en ella todas mis preguntas. Afuera la lluvia arreciaba sin consuelo. Adentro también.
Seguíste mirándome unos segundos más como esperando unas palabras que descifraran mi desconcierto. Pero no dije nada. Tu mano se retiró como una criatura anfibia que, herida, buscara cobijo en las profundidades de algún estanque oculto y tus ojos empezaron a perder vida, poco a poco, ancorándose: dos estelas trazando arabescos de tinta bajo el agua hasta confundirse entre las sombras. Te giraste lánguidamente y me ofreciste la espalda para que escribiera en ella todas mis preguntas. Afuera la lluvia arreciaba sin consuelo. Adentro también.
domingo, abril 27, 2008
A lo somorgujo
No duermo. No leo. no escribo.
Todo se resume a vivir alejado de mi vida, a seguir respirando supeditado al dictamen de la más veleidosa de la inercias, la que dispone la vida real como una alfombra de rojo protocolario que se empeña en guiar mis pasos más allá de lo que apuntan mis deseos.
Un par de relatos de Murakami mientras fondeo en las aguas mansas de un café, un artículo de Vila-matas, unas páginas de Muñoz Molina sobre su Manhattan de adopción y siento que vuelvo a respirar, que alcanzo la superficie y dejo atrás, unos segundos, el océano de concesiones al que pertenezco, ese abismo ágrafo y neutro donde permanezco inerte, a resguardo de toda tentativa vital. Y es así, a lo somorgujo (como esas aves con nombre de carraspera que vuelan poco y pueden permanecer mucho tiempo con la cabeza sumergida bajo el agua), que dejo pasar el tiempo de asueto infinito y comprendo que una hora hurtada en cualquier café es todo cuanto de provecho puedo sacarle al día. Dejo constancia de ello, sin embargo, aqui y ahora, por escrito, para que quienes se hartan de reprocharmelo vean que todavía soy capaz de juntar una letra detrás de la otra. Para que yo mismo constate que pese a ser de capaz de ello, sigo sin tener nada que decir.
Todo se resume a vivir alejado de mi vida, a seguir respirando supeditado al dictamen de la más veleidosa de la inercias, la que dispone la vida real como una alfombra de rojo protocolario que se empeña en guiar mis pasos más allá de lo que apuntan mis deseos.
Un par de relatos de Murakami mientras fondeo en las aguas mansas de un café, un artículo de Vila-matas, unas páginas de Muñoz Molina sobre su Manhattan de adopción y siento que vuelvo a respirar, que alcanzo la superficie y dejo atrás, unos segundos, el océano de concesiones al que pertenezco, ese abismo ágrafo y neutro donde permanezco inerte, a resguardo de toda tentativa vital. Y es así, a lo somorgujo (como esas aves con nombre de carraspera que vuelan poco y pueden permanecer mucho tiempo con la cabeza sumergida bajo el agua), que dejo pasar el tiempo de asueto infinito y comprendo que una hora hurtada en cualquier café es todo cuanto de provecho puedo sacarle al día. Dejo constancia de ello, sin embargo, aqui y ahora, por escrito, para que quienes se hartan de reprocharmelo vean que todavía soy capaz de juntar una letra detrás de la otra. Para que yo mismo constate que pese a ser de capaz de ello, sigo sin tener nada que decir.
lunes, marzo 03, 2008
miércoles, diciembre 05, 2007
Vacíos

" Se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene."
Juan Carlos Onetti, el pozo, 1939.
Tan fácilmente me abismo en esa eternidad que media entre tus brazos y los míos... Y te sueño entera, esperando. Una sonrisa sobre una lágrima, un reproche postergado como la amenaza informe de un niño que se desdibuja en el aire... El vacío de mis hechos se colma de tantas verdades tuyas que olvido mi nombre. Sólo me apuro por llegar a tu orilla, y así respirarte, y perdurar sin más dudas ni quebrantos, lejos de mí: sólo tu pecho.
sábado, noviembre 17, 2007
tideland

“Las personas estúpidas no deben atreverse a ver la película", [Terry Gilliam]
"Mi mujer piensa que Tideland es escandalosa porque es inocente. Ese fue nuestro sentimiento al hacerlo; intentar permanecer inocentes, y lo interesante es que Jodelle [la actriz que interpreta a Jeliza-Rose] fuera la que siempre nos violentara yendo a lugares en los que nos sintiéramos incómodos." [Terry Gilliam]
"No creo que Jeliza-Rose obtenga lo que quiere; amaría a Dickens y al bebé, pero no va a obtener eso. Probablemente conseguirá algo que sea muy seguro, y la vida se volverá normal para ella, pero nunca tendrá nada tan intenso, tan maravilloso o tan mágico como este breve periodo, como estos días que experimenta." [Terry Gilliam]
Algunas críticas de mordacidad precipitada:
"Podría decirse que la imaginación de Terry Gilliam no conoce fronteras; sería bueno que encontrase alguna" (New York Times)
"Demasiado inquietante para un niño y demasiado rara para la mayor parte de los adultos" (Variety)
"Gilliam ha sufrido más de lo que le corresponde la mutilación de sus proyectos, pero con este ejercicio de autor kamikaze parece haber hecho exáctamente el desastre que quería" (Village Voice)
"No es un 'viaje a través de la oscuridad para apreciar la luz'. Es una pesadilla de principio a fin" (The Onion)
"Un descabellado desastre de una historia oscura de locura, adicción y abuso infantil hechos todavía más desagradables mediante la marca del intenso estilo visual de Gilliam" (The Hollywood Reporter)
"Sí, 'ser testigo de la película', esa es una forma mejor de describirlo. Estuve ahí, y tu también lo estarás. El mar es real, el submarino también. Lo se; estuve ahí" (crítica anónima)
Jodelle Ferland: “solo por ella, vale la pena ver la película”.
lunes, noviembre 12, 2007
domingo, octubre 28, 2007
Llegado el momento
Me llamaste esta mañana para darme a probar un poco de tu peor trago. No interrumpiste nada, descuida. Solo mi absurda espera asomado a ese pequeño cosmos de papel con que desgrano las mañanas de los domingos y que me ayuda a fingir que sigo siendo un tipo desusadamente normal. Al otro lado tu voz jugaba a esconderse entre los maizales de los difuntos. Sonaba menos a ti y más a ellos, pensé, y me costó aliento y medio dilucidar el peso exacto de irreverencia que añades siempre a todas tus bromas. Después, nada; una tarde de domingo inabarcable tratando de reproducir la fórmula exacta, la combinación de palabras que me ofreciste por la mañana para hacerme saber que el espacio inmenso que te ocupaba tu padre es ahora un vasto páramo que amenaza con alojarse a perpetuidad en la trastienda de todos tus pensamientos.
Quisiera arrogarme la soberbia del consuelo que nadie te puede ofrecer, pero sólo poseo silencio y un miedo enorme a esa distancia nueva que media ahora entre nosotros. El legado último que los muertos abandonan a este lado del rio; el envés sombrío de todas las cosas que ya no se te ocultan y para las que sólo tú tendrás ojos en los días que aguardan.
Volverás a reír. El bourbon sabrá esperar.
Quisiera arrogarme la soberbia del consuelo que nadie te puede ofrecer, pero sólo poseo silencio y un miedo enorme a esa distancia nueva que media ahora entre nosotros. El legado último que los muertos abandonan a este lado del rio; el envés sombrío de todas las cosas que ya no se te ocultan y para las que sólo tú tendrás ojos en los días que aguardan.
Volverás a reír. El bourbon sabrá esperar.
sábado, septiembre 22, 2007
Vas recorriendo a solas
"Vas recorriendo a solas
el jardín,
despacio y sin cuidados,
mientras el verso fluye
entre la niebla
y el asomo lejano
de la luz.
Todo lo que vas viendo
te sorprende.
¿qué puedes esperar mas,
que lo inesperado?
Que las hierbas que pisas
son carne de tu carne.
Que la luna saldrá
cuando tú se lo digas.
Que no hay diferencias entre el jardín y tú.
Caminas muy despacio,
para que todo pueda
sorprenderte.
Y te vas alejando,
tanto que, ya incapaz
el verso de seguirte,
se detiene."
el jardín,
despacio y sin cuidados,
mientras el verso fluye
entre la niebla
y el asomo lejano
de la luz.
Todo lo que vas viendo
te sorprende.
¿qué puedes esperar mas,
que lo inesperado?
Que las hierbas que pisas
son carne de tu carne.
Que la luna saldrá
cuando tú se lo digas.
Que no hay diferencias entre el jardín y tú.
Caminas muy despacio,
para que todo pueda
sorprenderte.
Y te vas alejando,
tanto que, ya incapaz
el verso de seguirte,
se detiene."
José Corredor-Matheos
domingo, septiembre 16, 2007
jueves, septiembre 13, 2007
A tu espalda
Él espera verla de pie, en el vagón, cada vez que aparta la mirada del libro que tiene entre las manos. Son párrafos á
ridos e intransitables que le obligan a coger aire con frecuencia. En un alto cree reconocer el tibio desfiladero de su nuca entre los hombros de una muchacha que espera frente a las puertas a que llegue su estación. El aire es más caliente tamizado por esta fiebre, piensa, y vuelve a sumergirse en esa lectura que no comprende. Es inútil. Apenas media página y ya anda a vueltas con esa angustia que le empuja a levantarse y abrazarse a su espalda y a rogarle que no se gire, que no pronuncie una sola palabra:
¿Qué puede importarte?, tan sólo unos segundos de tu silencio cómplice. Tú no sabes. No puedes saberlo. Cómo podrías. ¿Te bastaría saber que el mundo entero son cenizas en contínua dispersión, minúsculas y etéreas dudas a merced de un temporal que no descansa ni de día ni de noche? ¿Bastaría semejante composición de lugar para que entendieras que sólo abrazado a tu espalda cesa esta fiebre y el suelo deja de temblar, que la bestia calla y cede al sueño en su lecho de hojas muertas, de sangre seca, de frío eterno de ventisquero? Tú no sabes todo esto. Tan sólo aguardas a que estas puertas se abran para seguir con tu vida. Ajena a mi abrazo invisible y al embrujo de esa nuca tuya tallada de un golpe seco y perfecto. No sabrás nada, nunca sabrás nada hasta que te acometan estas fiebres que te aferran a otros cuellos como a maderos que yerran en eterna deriva. Y así no podrás imaginarte siquiera que un abrazo es un círculo que vuelve a cerrarse, una puerta cerrada que pone a resguardo de la tempestad y veda el paso al frío y al gris.
No te giras. Sigue mirándome esa nuca tuya que me ofreces sin querer. La cabeza inclinada. Sumergida en ese mundo que con nadie compartes. Me apuro en guardar el libro y mis notas en la bolsa. Cojo mi cazadora y me levanto antes de que el vagón se detenga y las puertas se abran y tu te diluyas entre el gentío como si fueras de azúcar y el mundo entero una triste infusión. De pronto el tren se queda a oscuras y a nadie parece sorprenderle. Son unos instantes de incertidumbre en que toneladas de metal se arrastran por inercia sumidos en una extraña amalgama de lejanos plañidos metálicos. Estoy frente a tí. Frente al blanco inmaculado del sueño de tu cuello. Has alzado el rostro y la penumbra acude en mi ayuda evitándome el desamparo de saberte extraña. Tu perfil, así, se desdibuja en las sombras y yo sigo prendido de un engaño ténue y maravilloso que me sostiene en tímido suspenso sobre un abismo infinito para el que no tienes ojos.
Un breve parpadeo eléctrico amenaza con estropearlo todo. El rumor de las ropas contra los cuerpos. Los pasos que se precipitan en desacompasada procesión. El oxígeno que no llega y mis dedos aferrados a tu brazo antes siquiera de que entienda lo que sucede..., vas a girarte. Cierro el círculo. En mi bóveda hendida cesa el revuelo de cuervos y tu espalda, que por fin se deja querer, fluye como un viento afable sobre el mascarón de proa de un navío que nadie recuerda. La lluvia amaina arrastrando la fiebre por sumideros secretos que tu me enseñas por vez primera. El suelo ya no tiembla. Ahora tiemblo yo y tiemblas tú, y por alguna extraña razón que nunca entenderemos del todo, ninguno de los dos hace nada por evitarlo.
ridos e intransitables que le obligan a coger aire con frecuencia. En un alto cree reconocer el tibio desfiladero de su nuca entre los hombros de una muchacha que espera frente a las puertas a que llegue su estación. El aire es más caliente tamizado por esta fiebre, piensa, y vuelve a sumergirse en esa lectura que no comprende. Es inútil. Apenas media página y ya anda a vueltas con esa angustia que le empuja a levantarse y abrazarse a su espalda y a rogarle que no se gire, que no pronuncie una sola palabra:¿Qué puede importarte?, tan sólo unos segundos de tu silencio cómplice. Tú no sabes. No puedes saberlo. Cómo podrías. ¿Te bastaría saber que el mundo entero son cenizas en contínua dispersión, minúsculas y etéreas dudas a merced de un temporal que no descansa ni de día ni de noche? ¿Bastaría semejante composición de lugar para que entendieras que sólo abrazado a tu espalda cesa esta fiebre y el suelo deja de temblar, que la bestia calla y cede al sueño en su lecho de hojas muertas, de sangre seca, de frío eterno de ventisquero? Tú no sabes todo esto. Tan sólo aguardas a que estas puertas se abran para seguir con tu vida. Ajena a mi abrazo invisible y al embrujo de esa nuca tuya tallada de un golpe seco y perfecto. No sabrás nada, nunca sabrás nada hasta que te acometan estas fiebres que te aferran a otros cuellos como a maderos que yerran en eterna deriva. Y así no podrás imaginarte siquiera que un abrazo es un círculo que vuelve a cerrarse, una puerta cerrada que pone a resguardo de la tempestad y veda el paso al frío y al gris.
No te giras. Sigue mirándome esa nuca tuya que me ofreces sin querer. La cabeza inclinada. Sumergida en ese mundo que con nadie compartes. Me apuro en guardar el libro y mis notas en la bolsa. Cojo mi cazadora y me levanto antes de que el vagón se detenga y las puertas se abran y tu te diluyas entre el gentío como si fueras de azúcar y el mundo entero una triste infusión. De pronto el tren se queda a oscuras y a nadie parece sorprenderle. Son unos instantes de incertidumbre en que toneladas de metal se arrastran por inercia sumidos en una extraña amalgama de lejanos plañidos metálicos. Estoy frente a tí. Frente al blanco inmaculado del sueño de tu cuello. Has alzado el rostro y la penumbra acude en mi ayuda evitándome el desamparo de saberte extraña. Tu perfil, así, se desdibuja en las sombras y yo sigo prendido de un engaño ténue y maravilloso que me sostiene en tímido suspenso sobre un abismo infinito para el que no tienes ojos.
Un breve parpadeo eléctrico amenaza con estropearlo todo. El rumor de las ropas contra los cuerpos. Los pasos que se precipitan en desacompasada procesión. El oxígeno que no llega y mis dedos aferrados a tu brazo antes siquiera de que entienda lo que sucede..., vas a girarte. Cierro el círculo. En mi bóveda hendida cesa el revuelo de cuervos y tu espalda, que por fin se deja querer, fluye como un viento afable sobre el mascarón de proa de un navío que nadie recuerda. La lluvia amaina arrastrando la fiebre por sumideros secretos que tu me enseñas por vez primera. El suelo ya no tiembla. Ahora tiemblo yo y tiemblas tú, y por alguna extraña razón que nunca entenderemos del todo, ninguno de los dos hace nada por evitarlo.
miércoles, septiembre 12, 2007
Sondre Lerche

No he estado nunca en Noruega. No he estado nunca en ningún sitio. Esto debería entristecer a quien hiciera de la frase un reproche, pero yo lo considero una simple constatación. He aprendido a aceptar esta deshubicación crónica con la misma serenidad que se arropa en la mirada de los enfermos que al fin transigen y resuelven dar su primer paso. No he estado nunca en Noruega, decía, y eso es lo primero que pensé al saber de la existencia de Sondre Lerche, que nació allí pero no parece ejercer de noruego al uso, ya que ni canta en noruego ni recita a Ibsen en su camerino, pero allí nadie le niega el saludo por eso, ni por supuesto le niegan nada. Dicen que combina o alterna con éxito pop, folk, indie, rock, jazz y sicodelia. Yo sería incapaz de definir cualquiera de estos géneros musicales pero a Sondre, con tan sólo veinticuatro años y cuatro álbumes a sus espaldas, ya le comparan con Elvis Costello y aseguran que es "el mejor cantante que ha dado escandinavia en muchos años". Leo sobre sus hazañas musicales junto a su banda: Faces Down Quartet. Escucho algunos de los temas de Duper sessions y lamento no tener un bourbon que meterme entre pecho y espalda, porque es la mejor ayahuasca casera que conozco para este tipo de viajes. Solo me queda cerrar los ojos para poder colarme en ese garito oscuro y cargado donde el contrabajo y la voz de Sondre hacen las veces de mantra, también casero. Hace unas horas también he leido algo relativo a las treinta y ocho películas que constituyen la retrospectiva Fiebre helada-el nuevo cine nórdico, que este año podrá verse en el festival de san Sebastián. Allí tampoco voy a ir, es lo primero que me ha venido a la cabeza. Ha sido justo después de terminar un relato de Vila-matas, Así son los autistas, donde un funcionario de correos al que diagnostican un autismo tardió durante su periodo de convalecencia, decide viajar por primera vez, a Estocolmo, precisamente para superar el síndrome de Estocolmo que le supone esa dependencia enfermiza que profesa por la doctora Cadet y de paso superar sus graves limitaciones relacionales. Creo que Vila-matas ha conseguido remover
demasiadas cosas en mi cabeza y no consigo ver el sentido de tanta exaltación Kafkiana. Escucho Track you down y me imagino al volante de la camioneta de Broke Back mountain, la camioneta GMC Half-Ton de 1950 que condujera en el film Jake Gillenhaal, pero con el tal Sondre de copiloto. Conduciendo por un paraje nevado, a traves de un camino donde la nieve y las rodaduras de los coches se combinan de la peor manera posible. Sondre canta y toca la guitarra con los pies apoyados en el salpicadero. Anímate, parece decirme, estamos en Noruega, conozco Noruega, nací en Noruega. Vila-matas permanece recostado entre las mantas y los aparejos de pesca en la parte trasera. Sigue con el ceño fruncido y la mirada severamente perdida y sujeta a cada detalle de las montañas que vamos dejando atrás. Ha jurado no dirigirnos la palabra y se niega a pescar salmones ni en el rio Argard ni en ningún otro sitio. Insiste en volver a San Sebastian a ver esa nórdica retrospectiva o algo de Godard que tanto le fascina, y asegura que se encerrará en su habitación del hotel Sjoasen hasta que se nos pase esta fiebre absurda por explorar los abismos.
demasiadas cosas en mi cabeza y no consigo ver el sentido de tanta exaltación Kafkiana. Escucho Track you down y me imagino al volante de la camioneta de Broke Back mountain, la camioneta GMC Half-Ton de 1950 que condujera en el film Jake Gillenhaal, pero con el tal Sondre de copiloto. Conduciendo por un paraje nevado, a traves de un camino donde la nieve y las rodaduras de los coches se combinan de la peor manera posible. Sondre canta y toca la guitarra con los pies apoyados en el salpicadero. Anímate, parece decirme, estamos en Noruega, conozco Noruega, nací en Noruega. Vila-matas permanece recostado entre las mantas y los aparejos de pesca en la parte trasera. Sigue con el ceño fruncido y la mirada severamente perdida y sujeta a cada detalle de las montañas que vamos dejando atrás. Ha jurado no dirigirnos la palabra y se niega a pescar salmones ni en el rio Argard ni en ningún otro sitio. Insiste en volver a San Sebastian a ver esa nórdica retrospectiva o algo de Godard que tanto le fascina, y asegura que se encerrará en su habitación del hotel Sjoasen hasta que se nos pase esta fiebre absurda por explorar los abismos.domingo, septiembre 09, 2007
Die hard 4.0
Nada de Wim Wenders o Truffaut en cartelera. Increible. Tuve que decantarme por el viejo John... McClane. Explosiones, una mano de hostias cada cinco minutos, frases cantadas que pretenden ser ocurrentes y niños con cubos de palomitas en todas las butacas, ..., en fin, Live free or die hard.
Por cierto, aquí le llaman la jungla 4.0 pero juro que no se ve un arbol en toda la peli.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
