" El médico dice que el efecto Zeigarnik se centra en las motivaciones de terminación. El médico dice que la evocación de las tareas interrumpidas es sin ninguna duda mejor que la de las tareas terminadas. El médico dice que las tensiones residuales favorecen la retención. El médico no lo sabe, pero ahora parece seguro que es por culpa del efecto Zeigarnik por lo que, a pesar de todo, aún recuerdo tu nombre."
La puerta se deshizo en quejumbrosas e imaginarias genuflexiones a su llegada, cuando le franqueó el paso tras girar sobre sus goznes. El tintineo alegre de las llaves sobre el cenicero que reposaba en la mesita del vestíbulo también parecía responder a una coreografía repetida miles de veces, una suerte de preludio exclusivamente consagrado al descanso del guerrero. Dejó las maletas en el suelo y la bolsa de mano sobre el sofá del salón. Nadie estaba en casa; el silencio no podía ser menos elocuente. Decidió que aquel era un momento perfecto para alegrar el cuerpo. Solo una, nada más. Sin encender las luces se dirigió a la cocina. Hielo y un poco de bourbon de su destilería escocesa preferida. Aflojó el nudo de su corbata de nubes: una excentricidad sin más explicación que el amor de una cria de doce años que ahorró lo suficiente para su cumpleaños. Se deshizo de su americana lanzándola sobre el respaldo del mismo sillón y salió a la terraza con el vaso de trago largo en la mano izquierda y un cigarrillo de los que todavía permanecían en su escondrijo de la despensa en la derecha. Julia debía tener guardia aquella noche y seguramente le habría dejado alguna de sus famosas notas de colores en alguna parte, luego la buscaría. Los crios con los suegros con toda seguridad. Sopesó la posibilidad de llamarlos para darles las buenas noches justo antes de que su Omega Seamaster Professional 300 M le disuadiera de lo intempestivo de semejante decisión. Ahora, contra todo pronóstico, la noche entera para él, acodado en el antepecho de la terraza. Ecos extraños de su ciudad entreverados por los de otras ciudades aún más extraños que todavía reverberaban en su cabeza. Enciende el cigarrillo con una de las cerillas del Continental que todavía andan por sus bolsillos y se sienta en el suelo dando la espalda a los balaustres, inhalando la primera bocanada de humo desde que llegó a Madrid. Suena Chet Baker en el piso de al lado, concretamente "It's always you". Parece que los vecinos están celebrando una de esas fiestas deliberadamente poco pretenciosas que siempre le han parecido ridículas, precisamente porque acaban resultando demasiado pretenciosas. Algo así como las bodas que se preveen y anuncian íntimas y acaban congregando a cientos de invitados. Las bodas, su boda...Ya no recordaba nada de cuanto Julia creía compartir en ese imaginario íntimo que las parejas cultivan durante su existencia. A veces una pregunta comprometida había estado a punto de poner al descubierto esa carencia imperdonable y solo una rápida ocurrencia o una socorrida galantería (que por trasnochada ya resultaba cómica también) habían evitado un desastre mayor. Se oyen voces de gente conversando. El ruido que los grupos humanos generan a su alrededor a veces puede llegar a ser verdaderamente insufrible. Eso mismo debe pensar la chica que ahora ha salido a la terraza. Parece joven, la oscuridad no permite aventurar si demasiado. Cierra la puerta corredera tras de sí y el ruido vuelve a difuminarse como el rumor de un río que perdura tenuemente mientras se aleja. La muchacha parece aguardar en la penumbra el veredicto de un juicio sumario. La brasa de su cigarrillo ilumina un instante su rostro que se revela cansado y grave. Avanza hasta acodarse en el antepecho de la azotea y exhala un par de bocanadas de humo justo antes de deshecerse en un mar de sollozos que apenas puede sofocar tapándose la boca con el dorso de la mano. Se oyen risas y aplausos y de nuevo una risa de mujer que, desacompasada y estentórea, se impone al resto del grupo. El bueno de Chet Ha pasado de "My funny Valentine" a "Almost blue" y algo parece retorcerse dentro de la joven de la terraza, inclinada y convulsa. Alguien, una sombra de hechuras masculinas, se asoma a la terraza y la reclama en un aparte cariñoso y complice. El hombre, que le recuerda a su vecino, se acerca susurrante a la muchacha, esgrimiendo un tono de voz conciliador que apenas se muestra recriminatorio en un par de tímidas ocasiones. La muchacha vuelve el rostro cuando las manos del hombre lo buscan y esa caricia se pierde en el aire frio de la noche como todas las promesas acaban perdiendo las esperanzas que las alientan. La muchacha se limpia la cara con un kleenex que aparece como por ensalmo y vuelve a entrar en el piso de forma apresurada. El hombre mira al cielo y hunde los hombros; se gira y descubre a su vecino sentado ahí al lado, en silencio, presenciando esa escena absurda entre sombras que apenas permiten adivinar la conjura de cábalas que andarán a tientas por su cabeza. Aparta la mirada que se intuye vehemente y decide aguardar unos segundos antes de recomponer el porte (de anfitrión al menos) y sumarse a la fiesta. El hielo parece quebrarse en un llanto interminable mientras se deshace ahora, en este silencio casi perfecto, inaudible, a buen seguro, para todo bebedor impaciente. Será mejor entrar y prepararse otra copa, resuelve, mientras comprueba lo mal que combinan la edad de sus articulaciones y determinadas posturas, y lo bien que combina con todo la trompeta del viejo Chet.
Almost blue
Almost doing things we used to do
There's a girl here and she's almost you
Almost
All the things that your eyes once promised
I see in hers too
Now your eyes are red from crying
Almost blue
Flirting with this disaster became me
It named me as the fool who only aimed to be
Almost blue
It's almost touching it will almost do
There's a part of me that's always true... always
Not all good things come to an end now, it is only a chosen few
Frente a tu puerta el tiempo pasa sin censuras. Pienso en esta frase ahora, frente a tu puerta, sin censuras, sin estar muy seguro del sentido que semejante revelación me depara. Estoy bien. Hay un gato empapado en tu puerta; parece asustado. Siento que esta es la última parada. Mi tristeza ya no encuentra divertimento entre los muros desangelados que ocultaron nuestras risas, se acabó el peregrinaje por todos nuestros rincones mendigando esa dicha incontenible que nos transfiguraba entonces. Hace frío. Yo no lo siento; no siento nada. Pero sé que hace frío. La gente corre a guarecerse bajo los soportales embozados en su ropa de abrigo, se apuran por entrar en los bares sin reparar en la tétrica luz que los uniforma a todos. Bajo esta lluvia endemoniada hay una luz de artificio que no sé bien de dónde habrá salido pero que me acompaña, creo, siempre que pienso en ti. Por eso estoy aqui, en parte. Seguro que tu la hubieras relacionado con algún cuadro de Patinir o de algún prerrafaelita. Adorabas a los prerrafaelitas, sobretodo a Rossetti. Yo nunca supe ni quise saber nada de ese Rossetti. Intuía en el fondo que nombres como ese serían los que te llevarían lejos, muy lejos de aquí. De tu ventana hace tiempo que no escapa ninguna luz, ningún ruido, nada de música ni siquiera tu voz canturreando estribillos absurdos e inventados. A lo sumo la voz de tu madre cuando le habla al canario. Eso me ha hecho gracia. Estoy empapado. He decidido esperar bajo tu ventana, todos los días, a diferentes horas, en parte por si apareces y en parte porque, a base de recorrer nuestro itinerario íntimo, he acabado por aceptar que no tengo a donde ir. Los chicos siguen con sus partidas de dardos cuando salimos del taller. Henry va a tener un crio con Dora. Dora todavía me pregunta por tí. Hace tres días que no deja de llover. Me pregunto si ese gato llevará ahí tres días esperando; esperándote. Tu madre todavía te hace en Seattle (que dicho sea de paso es conocida como la rainy city, la ciudad de la lluvia, aunque allí, en realidad, no llueva tanto como en otras ciudades americanas) de allí aseguran que nunca volviste, quienes mas te quieren y tienen la esperanza de verte pronto, como Dora, y me cuentan que allí permaneces gozando de esa oportunidad que tu ciudad no te brindó. Luego están esos otros que como yo, reacio a los finales felices, te creen sencillamente muerta. Observo tu puerta; madera humedecida y filigrana de hierro forjado con forma de rosas. No me parece la puerta de una muerta; Hoy estoy aqui porque necesito pensar que no lo estás, que nunca has estado muerta, quizás sigues presa de alguna mala racha que te retiene donde quiera que estés, persiguiendo alguno de los sueños que apenas consentías en compartir conmigo cuando bajabas la guardia. Como en nuestras noches de azotea y cerveza helada, ¿recuerdas?, jugaba con tu pelo y hacía esfuerzos por seguirte mientras tú divagabas con los ojos llenos de imágenes que yo nunca vería. Algunas personas sencillamente no tenemos sueños que perseguir. Me encontré con tu madre en la esquina de la 73 con Columbus. La semana pasada. Salía de Mama Joyce's del brazo de un hombretón que no era tu padre, porque a tu padre (le recuerdo bien a pesar de que las únicas veces que lo había visto fue tumbado en el sofá del salón, bebiendo cerveza y gesticulando frente al televisor) desde el escorzo retrospectivo en que le contemplo, bien es cierto, resultaba un cuerpo contrahecho y con sobrepeso que posiblemente no le hacía justicia, pero que en nada se parecía al que viera entonces con tu madre: tan ufano y cariñoso como bien parecido, atento y con la torpeza mal disimulada de los cuerpos robustos que se resisten a envejecer. Tu madre nunca me quiso bien pero yo sigo velando por ella, porque sé que tu así lo querrías si pudieses llamarme y reunieses el valor para pedirme un último favor. Me gustó ese tipo, y a tu madre se la veía feliz de su brazo. A veces la llamo para preguntarle cómo está de lo suyo, pero últimamente se niega a hablar conmigo. ¿Otra vez tú?, me dice, déjanos en paz, ya has hecho bastante daño en esta casa. Sigue culpándome de tu desaparición, imagino. Como Norman, que va va a vender el local y los chicos andan como locos porque es toda una institución. También él me negó la entrada durante todo un año hasta que los chicos le convencieron para que dejara de hacerlo. No importa; odio los dardos. Hay quien confunde los papeles de la víctima y el verdugo, como quien confunde los colores. De todos modos nunca me importó demasiado el papel que me tocó asumir en esta película nuestra. En el fondo mi culpa es un armario enorme donde cabe la culpa de todos los demás. El gato permanece a resguardo en el portal, mirándome como si aguardara mi entrada. Los charcos le asedian por todos los flancos. Seguramente se pregunta si no habría entrado ya de no ser esta una lluvia mucho menos pertinaz y ligera que la que baña a diario las calles de Seattle. ¿Estará lloviendo en Seattle? Aqui siempre llueve, llueve todos los días desde que te fuiste.
Sucedió una noche, en Dublín. Hacía calor. Tú parecías cansada pero esto tal vez solo sea una falsa impresión: Perlada de sudor estabas preciosa. Cogi tu mano y me miraste, no como se miran los extraños; sonreíste como se sonríe a quien se espera y llega tarde, no demasiado. Deja que te cuente...
Acudí al concierto, tal y como acordamos. Una rosa amarilla en la mano, ¿Recuerdas? Decidimos que el azar nos guiase entre la multitud. Si de verdad ibamos a amarnos por qué no mezclar al destino en todo esto. Era solo un juego. Yo sabía que irías con unos amigos y bromeamos con encontrarnos..."Si de verdad eres para mí"...yo te hablé de mi perro, de mis paseos por el parque y mi falsa ceguera...risas...¡Dios, que guapa estás cuando te ries así!...Hacía mucho calor. La música reverberaba en mi pecho, vacío desde el martes. Nadie entendía lo de la rosa; bailaba con ella en la mano, alzándola por si estabas cerca y podías verla. La gente me sonreía. Hubo alguna chica en el camino pero no eras tú. Andrea seguía en el escenario junto a sus hermanos. Breathless estaba sonando en el estadio:" So go on, go on, come on leave me breathless ( Por eso sigue así, sigue asi, venga, déjame sin respiración)". La cadencia de su voz era una caricia que yo soñaba en tus manos. Bailé con mucha gente aquella noche y, aunque me avergüence reconocerlo, incluso un chico me preguntó por tu rosa. Parecía desilusionado cuando le dije que no podía dársela. "Lo siento-grité-, mi corazón por una rosa". "¿Qué?, ¡No entiendo!"-exclamó mirándome como si estuviera loco-, ¡Que tiene mi corazón, se lo ha quedado, es mio y lo tiene ella, desde el martes! Alzó la mano como disculpándose, siguió contoneándo su cuerpo desgarbado mientras preguntaba: ¿quién es la chica con suerte? puse mi mano en su hombro y grité junto a su oído: "Es ella". Lo dejé allí, sonriéndo y levantando el pulgar, te entiendo , parecía decirme con todo su cuerpo, ve a por ella, qué le vamos a hacer...
"...And if there's no tomorrow, and all we have is here and now. I'm happy just to have you, you're all the love I need somehow. It's like a dream, although I'm not asleep..."
..."Y no existe el mañana, y todo lo que tenemos es el aquí y el ahora. Estoy feliz de tenerte, tú eres todo el amor que necesito de algún modo. Es cómo un sueño, aunque no estoy dormida"...
Seguí buscándote. Estaba cansado. Pensé que volvería solo al hotel, con este hueco en mi pecho y la certidumbre de haberte perdido antes de haberte encontrado. De pronto Andrea se volvió hacía el grupo mientras se recogía el pelo y les hacía un par de indicaciones. Algo se cocía entre bastidores. Cogió el micrófono y susurró: "When the stars go blue"..., y soñé que me abrazabas y que nunca jamás volvería a estar solo...
La rosa acabo sobre el escenario, donde alguien pensaría que era perfecto en manos de Bono, que a su vez debió pensar que daría un toque romantico a su entrada si se la ofrecía a Andrea. Fuese como fuese acabó siendo una noche perfecta. La noche que te encontré, la noche que se apagaron las estrellas, cuando me miraste y supe que te había encontrado. Parecías cansada, pero se te veía tan feliz que hubiese deseado haber estado realmente allí. Cogiendo tu mano, abrazándote y susurrándote al oído lo mucho que te quiero, revelándote dónde voy cuando estoy solo, cuando estoy triste. Cuando las estrellas se apagan y yo empiezo a comprender que jamás he estado en Dublín y que probablemente jamás lo estaré.
WHEN THE STARS GO BLUE
Dancin' where the stars go blue Dancin' where the evening fell Dancin' in your wooden shoes In a wedding gown
Dancin' out on 7th street Dancin' through the underground Dancin' little marionette Are you happy now?
Where do you go when you're lonely Where do you go when you're blue Where do you go when you're lonely I'll follow you When the stars go blue, blue When the stars go blue, blue When the stars go blue, blue When the stars go blue
Laughing with your pretty mouth Laughing with your broken eyes Laughing with your lover's tongue In a lullaby
Where do you go when you're lonely Where do you go when you're blue Where do you go when you're lonely I'll follow you When the stars go blue, blue When the stars go blue, blue When the stars, when the stars go blue, blue When the stars go blue When the stars go blue, blue, blue Stars go blue When the stars go blue
Where do you go when you're lonely Where do you go when you're blue, yeah Where do you go when you're lonely I'll follow you, I'll follow you, I'll follow you I'll follow you, I'll follow you, yeah Where do you go, yeah Where do you go, Where do you go ------------------------------------------------
CUANDO LAS ESTRELLAS SE APAGAN
Bailando donde la estrellas se apagan Bailando donde cae la tarde Bailando en tus zapatos de madera En un vestido de novia
Bailando en 7th street Bailando en el metro Bailando como una pequeña marioneta ¿Eres feliz ahora?
Donde vas cuando estas solo Donde vas cuando estas triste Donde vas cuando estas solo Te seguiré Cuando las estrellas se apagan, apagan Cuando las estrellas se apagan, apagan Cuando las estrellas se apagan, apagan Cuando las estrellas se apagan .......... Riendo con tu boca bonita Riendo con tus ojos rotos Riendo con la lengua de amante En un arrullo
Donde vas cuando estas solo Donde vas cuando estas triste Donde vas cuando estas solo Te seguiré Cuando las estrellas se apagan, apagan Cuando las estrellas, cuando las estrellas se apagan, apagan Cuando las estrellas se apagan Cuando las estrellas se apagan, apagan, apagan Las estrellas se apagan Cuando las estrellas se apagan
Donde vas cuando estas solo Donde vas cuando estas triste Donde vas cuando estas solo Te seguiré, yo te seguiré, yo te seguiré Te seguiré, yo Te seguiré, sí Donde vas, sí Donde vas, donde vas.
La escena pertenece a la película "El hombre del tiempo" (The weatherman) y juro que esta no era la principal motivación para escribir este post. En mi defensa aporto como prueba este fragmento del diálogo (monólogo podría decirse porque el interlocutor-Cage-se limita a observar boquiabierto con esa expresión boba tan suya) que Michael Caine mantiene con Nicholas Cage (padre e hijo respectivamente en el film) y que sí fue la piedra angular de lo que ahora leéis:
- "Para conseguir cualquier cosa tienes que renunciar a algo.¿Sabes que lo más difícil y lo correcto suelen ser la misma cosa? Nada que signifique algo es fácil; lo fácil no tiene cabida en la vida del adulto."
Y claro, me ha entrado un mal rollo...porque esto a lo mejor no os impresiona dicho así pero tendríais que oírlo con la voz de Michael Caine, tendríais que sentirlo cuando Michael Caine te mira con ojos de Michael Caine y te suelta todo ese rollo de lo difícil y lo correcto. Total, que me he dicho: mejor les pones lo de la salsa tártara.
Sí. Ayer estuvo paseando por el centro de Barcelona. A escasos metros de donde trabajo y a escasísimos metros de aquellos lugares que frecuento cuando no trabajo y debiera hacerlo. Vestida como visten las estrellas que cuelgan el glamour y la fama en el armario de la suite presidencial donde se alojan, con aire distraido y mohín de turista adocenada que reparte con equitativa mesura sus visitas a las grandes firmas comerciales o al monumento local de rigor. Scarlett Johansson: veintitrés añitos, nacida un 22 de noviembre (escorpio: ¡qué fijación la mía!) de 1984 en New York, hija de padre holandés y madre polaca, un soberbio metro sesenta y tres centimetros, aclamado como el de la mujer viva más sexy del año 2006 (según la revista Esquire y la legión de babosos que firman donde haga falta) al que Woody Allen ha decidido recurrir nuevamente para encarnar la musa de la película que se dispone a rodar aqui, en nuestra querida ciudad, junto a Pe (Scarlett, ¡esconde al novio!) y Javier Bardem. Me pillaste de vacaciones, Scarlett, como no podía ser de otra manera (apuestas al rojo y sale negro...). Abro el periodico y ahí estás tú, pisando los adoquines que yo tantas veces he pisado, colapsando más si cabe esas calles infestadas de turistas entre los que pretendes camuflarte con una suerte que intuyo inútil, rezando para que esas gafas de sol eviten que seas reconocida y consecuentemente importunada. Apareces en la foto con un candoroso vestidito veraniego de motivos florales, el cabello recogido, los dedos de la mano izquierda jugueteando lánguidamente con un colgante, un amuleto, tal vez, esbozando un gesto de frágil introspección, de arrobamiento doméstico que destila medrosía y misericordia en proporciones que solo puede ponderar alguna mente privilegiada, posiblemente la de Woody Allen, siempre cobijada bajo su sombrero de tweed. Querido Woody, estoy de acuerdo contigo: también"el cerebro es mi segundo órgano favorito."
Tal día como hoy, un 2 de julio de 1961, París dejó de ser una fiesta. Esa madrugada, hace 46 años, Hemingway decidió poner punto y final al último capítulo de su vida mediante una escopeta de doble cañón con la que había practicado durante años el tiro al pichón, y que aquella noche, encerrado en la cantina donde su mujer la guardaba bajo llave junto al resto de fusiles de la casa, fue usada por última vez para redecorar el techo con los fragmentos craneales y de masa encefálica de "Mr.Papá". Lo siento Ernest, no pretendía resultar sarcástico el día del cuadragésimo sexto aniversario de tu fallecimiento. Todo hombre tiene derecho a elegir su día y su hora. Te fuiste, supongo, porque no te podías sufrir como sombra del hombre que fuiste. Porque lastraba esta maldición tu sangre y la de los tuyos; los que fueron y los que habían de ser: Se suicidó tu padre, se suicidó tu hermana Úrsula, tu hermano Leicester, tu hijo gregory y, años mas tarde, tu nieta Margaux. Sesenta y dos años, además, resultaron ser suficientes para una biografía inusitadamente intrépida como la tuya. En cierta ocasión Hemingway comentaría a Mary Welsh, su última esposa:“Si no puedo existir a mi manera, entonces, la existencia es imposible.” Y a los diecinueve años dejó escritas estas líneas que habían de resultar proféticas: "morir es una cosa muy simple. He visto la muerte y sé lo que me digo. Si hubiese tenido que morir habría sido muy facil. Lo más fácil que hubiese hecho nunca...Es mucho mejor morir en el periodo feliz de la juventud aún no decepcionada, irse en un destello de luz, que tener el cuerpo consumido y viejo y las ilusiones perdidas."Palabras que no hubieran tenido lugar si un año antes, la madrugada del 8 de julio de 1918, en Italia, cerca de Fossalta y tras seis intensos días en los que el escritor frecuentó las trincheras decidido a mantener contacto directo con los combatientes, no hubiese resultado herido de gravedad por fragmentos de mortero y el fuego enemigo de una ametralladora que le destrozó la rodilla derecha. Aquella noche, durante dos horas, hemingway permaneció a resguardo en un establo sin techo, esperando una ayuda que no llegaba, con doscientas veintisiete esquirlas de metal en las piernas, pensando seriamente, por primera vez en su vida, en utilizar su pistola reglamentaria para acabar con su vida. Fue su primer flirteo con la idea del suicidio. Acontecieron en los años que estaban por llegar, el resto de las vicisitudes que habían de componer la leyenda que todos, en mayor o menor medida, hemos conocido. Esta noche, sin embargo, solo cabe imaginar los minutos que precedieron a la detonación, su insondable y terrible calado. Los pensamientos que ni siquiera pueden intuirse, la infausta tesitura que no se diluye en ginebra ni en whisky, ni se deja llevar por las horas que encierra la noche que nos reclama.
Esta pijada no viene a cuento de nada. A veces sucede. Oyes algo que simplemente entra y ya no sale. Puede ser algún número uno de la radio o la melodía machacona que un compañero sin alma ni vergüenza tararea a tu alrededor hasta que ya es demasiado tarde. Hasta que eres inoculado con el virus de la tontería y ya solo te queda rezar para que los efectos más visibles no revistan las ridículas hechuras de la canción del verano. Simplemente entra y ya no sale, y maldices toda la mañana con esto metido en tu cabeza y el corazón lleno de abriles impúdicos que no te deparan nada bueno. Juras y perjuras que odias bailar, y que cuando cantas debe ser bajo los efectos del bourbon de garrafon, en plena fase REM. Y sin embargo no consigues evitar que los pies esten de finde, al ritmo de ese chin pun desquiciado del que no logras desprenderte y que, en alguna que otra ocasión, te arranca incluso por bulerías. Sueltas algún palabro en inglés de Carrefour con cara de Camarón reconcentrao, mu sentió y puesto, como si al hacer un alto en tus quehaceres diarios recitaras, en plan kazán, unas líneas de la Tora frente al muro de las lamentaciones. Con todo, te resistes. Llegas incluso a pensar que lo tienes todo bajo control y que en cuestión de minutos algo de mayor enjundia volverá a gobernar tus pensamientos. Decides coger el ascensor para no cruzarte con tus jefes en pleno apretón Saturdayfevernight. Esperas. Apretas el botoncito de llamada que nunca se enciende. Enrique ya está aqui de nuevo. Con su vocecita lánguida postcoital, preguntándote si Do you know mientras notas que tus hombros empiezan a sufrir leves espasmos extrañamente coordinados con tus caderas. Te giras buscando esos testigos que no deseas porque empiezas a sospechar que si en el pasado has hablado sólo muy bien podrías cantar sólo también, y temes acrecentar esa leyenda de rarito que te persigue en el curro. Do You know, do you know, do you know. Joder. Vuelves a darle al botoncito. Ahora ya te empiezan a mosquear algunas risitas a las que correspondes educado mientras desvias la mirada y te zambulles cabizbajo en el ascensor, que por fin ha llegado. Ya dentro Enrique te pregunta piso con una mano sobre el panel de botoncitos y la otra sujetando micro (las mangas siempre largas: este chico parece que escamotea algún muñón). Trato de escaparme para alertar al personal gay y a sí de paso darle esquinazo pero Enrique me sujeta los jeans (como el dice con caidita de ojos incluida) y me arrastra con fuerza mientras aporrea todos los botones habidos y por haber. Bajamos y él insiste: Do you know what it feels like loving someone that is in a rush to throw you away, do you know, do you know, do you know. Le aseguro que por no saber ya no sé ni cómo me llamo y le ruego, antes de exigirle, nucho antes de gritarle y acabar mentándole a los muertos (y que conste que su abuelo me ha hecho reír mucho, muchisíiiiiiiiiiiisimo), que me deje en paz, que le cante a su padre, que falta le hace. Así las cosas y ante su falta de entusiasmo para con mis estériles súplicas, decido cerrar los ojos ya que no puedo las orejas; de perdidos al río, me digo, y al cerrarlos despierto en el set de rodaje de su último videoclip, con la música a toda hostia y cientos de tias en biquini sacudiendo almohadones y poniéndolo todo perdido de plumas: plumas en la piscina, plumas sobre el cesped y las toallas, plumas en los parterres y los escotes de las susodichas que se cimbrean como juncos epilepticos al ritmo del puñetero do you know. Ya no puedo más. Siento que las fuerzas me abandonan y que el poco pudor que me queda a estas alturas apenas sujeta la bestia que llevo dentro, mitad Georgie dann, mitad john travolta. Me abandono definitivamente al ritmo machacon de la jodida Ping Pong song y decido bailar. Bailo como los locos, dispuesto a acabar derrotado y hecho un asco de tanto sudor como pienso eliminar en el puto jardin de Isabel Preysler, no sin antes mearme en su piscina y en su pila asquerosamente simétrica de ferreros rocher. Sacudo la cabeza a derecha e izquierda, reparto caderazos contra las paredes metálicas que me confinan y que en mi torrida ensoñación son el omnímodo y generoso muslamen de tanta sueca suelta. Enrique se aleja o pierde voz, o las dos cosas, que no sería la primera vez, y las tias de la piscina se separan en dos filas como coristas espartanamente sincronizadas para despejar un pasillito por el que me deslizo de rodillas, sudoroso y gritón: ¡¡¡¡¡¡¡DO YOU KNOW!!!!!!!!
Entresuelo. Se abren las puertas del ascensor. A mi jefe la papada no le sienta del todo mal desde este ángulo, recogidita con el cuello de su camisa siempre bien planchada.
- Ya mismo voy a fiscalía, don Antonio. Do you know?
Me enviaste un mail para decirme que ya te manejas con cierta soltura por la red. Que la nuestra va a ser una cercanía reconquistada a golpe de tecla y de ratón. Voy a ser padre, me dijistes también, ¿Cómo lo ves? Y ya no vi nada durante unos instantes. Confieso que sentí cierto vértigo y que me descubristes un nuevo mundo de soledades sutiles con esas cuatro palabras detonadas a bocajarro. Tú, un hijo. De verás que me alegro, viejo amigo, tan sólo dame un respiro; nada, tres segundos, cinco, mejor diez. Ya. Perdona esta zozobra mía, nada esconde, nada malo, es que te imagino con un crio en brazos y...no sé yo. De repente el mundo me parece un sitio mejor, más joven, o yo más viejo y desubicado. Y así me dejas, con cierta ligereza sobre los hombros, una extraña alegría, un sabor nuevo que no consigo identificar. Hazme un favor, no le llames Alfredo, podría salirte rarito. Voy a por el Bourbon.
"Hay una alegría extraña en saber que aún podemos estar tristes. Significa, entre otras cosas, que no estamos perdidos."
- Mario Benedetti - "Ausencias", de Buzón de tiempo
Hoy has venido a verme. Sé que pensarás que soy un iluso, un romántico sin remedio, pero te hacía bien lejos. Tan lejos creí que estabas, tan ausente, que ya no acertaban mis recuerdos a ponerle cerco a los tuyos. Sonó el timbre un par de veces con estridencias lánguidas que nunca le conocí y apareciste tú; ante mi puerta gris y descreida, aureolada por su desvencijado marco historiado de mil preguntas que, bien lo sé, jamás ibas a formular. Has vuelto a encontrarme a pesar de mis renuncias y mi resuelta convicción de niño resabiado a no franquearte de nuevo la entrada, a no violentar con mis labios el pulso que se trasluce en tus sienes de vainilla fría y desaforada, a no recoger tu abrigo ni a dibujar ese gesto que me desarma y me traduce al lenguaje de tus ojos y en el que mi brazo te acoge plegando cortinas de aire para que tus pasos se pierdan en mis estancias, que ya son tuyas. Trastabillando te internas en el salón, tímidamente, como si nunca hubieses conocido el escenario de mis tormentas humildes, eludiendo educadamente (acaso postergando) el beso que nunca quiero darte y que siempre te doy. La luz que guardo en mis bolsillos y que me raciono con deliberada usura, es luz de crepúsculo baldío, apenas sí me permite distinguir tu rostro delicado y anguloso; tu melena oscura como lluvia arcana, serena, la frente perlada de tanta incertidumbre como te he dado y esas manos tuyas, siempre tan frías, tan llenas de verdades rotundas que nunca escucho, y que ahora penden desangeladas y blandas, triscando tibias entre las mías. Y todo esto para qué, flaca, tanta búsqueda y desesperanza si aquí me tienes de nuevo, inerme, cansado, confundido, dejándome hacer mientras tiras de ellas y me llevas al sillón que custodia nuestra ventana. Tu ventana. Me sientas. Te siento. Mis ojos cabrillean sobre las nervaduras de cobalto que se adivinan en tu pecho, siempre cubierto de ese níveo papel de biblia que te viste entera. Trato de ganar tiempo antes de fundirme en el azogue de tu mirada que inquiere moralejas que nunca adivino. Así, poco a poco, me iré acostumbrando otra vez a tus caricias, a tus abrazos; ¡que bueno tenerte aquí, flaca!, pienso que adivinas que pienso, meciéndonos los dos una vez más, velándonos el sueño mutuamente.
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Instrucciones para dar cuerda al reloj
Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa
"Nadie elige su amor sólo a partir de lo que tiene ante los ojos: todos, en realidad, elegimos nuestros amores en términos del espacio futuro que nos creemos capaces de llenar con ellos. No elegimos nuestros amores a partir de realidades sino a partir de irrealidades y de esperanzas."
Álvaro Pombo, El cielo raso.
"...Hasta aquí llegamos". Esas mismas palabras, u otras de muy parecida índole, se dijo Ernesto una tarde de nubes especialmente ociosas, quien sabe si movido por su innegable inclinación al melodrama o por el certero golpe de gracia que asestaron a su melodramático corazón las últimas palabras de Desideria Cormazán: "No es que no te quiera; es que me aburres", -y acto seguido (imponderable el efecto de sus precipitados pensamientos, ahora lo sé) añadió: "y si lo hicieras tan sólo un instante, si el tuyo fuera uno de esos aburrimientos pasajeros que apenas turban los sentidos que porfían en asirse al objeto de nuestras más íntimas veneraciones; si el tedio que me produces, que es inmenso, fuese tan sólo fruto de tu conversación o de los cauces con que gobiernas cuanto fluye por tus labios de buhonero impenitente o de tu eterna pose indolente que nunca he sabido a qué narices responde, ¡Ernesto por dios!, o a caso fuese tan sólo este ingente, omnímodo e insoslayable hastío que conozco desde que te conozco, un engaño, un espejismo con que el cansancio de mi jornada o mi natural intransigente pretende apartarme de la realidad; si alguna de estas hipotéticas justificaciones tuviera el menor viso de credibilidad en que depositar pudiera mis últimas esperanzas para salvar el poco crédito que de ti guardo, si fuesen capaces de entreabrir cualquiera de las innumerables puertas que conducen a la duda razonable que tanto ansío, si así y sólo así fuera, llegado este punto en que toca dar paso a las verdades del barquero, temblaría mi voz; y fíjate que no tiembla, Ernesto, fíjate bien que ni si quiera me tiembla el pulso cuando levanto la mano (con ganas de meterte un buen par de bofetones, ¡Qué harta me tienes, Dios!). Sólo así (¡Repito!, ¡Y no se te ocurra interrumpirme Ernesto!) hubiera alargado, quien sabe si horas o días o meses lo que ahora comprendo que no puedo postergar ni un segundo más, sabiendo como sé, desde el mismo momento en que te besé, que eres indeciblemente aburrido, Ernesto, Ernestito, incluso cuando besas."
Silencio. Durante el transcurso de siete largos, interminables minutos, Desideria Cormazán se limitó a resollar agitadamente y a recomponer el porte desmoronado ya para siempre a los ojos de Ernesto. Éste sostuvo su mirada el tiempo necesario para cerciorarse de que no habría más, de que aquellas iban a ser las últimas palabras de la frenética diatriba con que Desideria Cormazán correspondía a sus meses de vanos requiebros, a todas las flores y ferreros rocher (malgastados para siempre, ahora lo sabía, lástima), a las llamadas perdidas, a las flexiones matutinas y la seda dental, y el desodorante ese tan caro que le reportaba, creía entonces, cierta aura de agente secreto con licencia para matar (¡ay Dios!, de aburrimiento al parecer). Adios a todo en definitiva y en concreto a sus innumerables noches en vela tejiendo versos que vistieran el abismo de silencio e indiferencia con que su amada parecía distanciarse (ahora más que nunca) del mundo entero.
"No hay forma de arreglar esto"- pensó Ernesto mientras, confuso y ligeramente contrariado, apuraba su café y se disponía a recoger velas. Ya en la entrada, paralizado como por efecto de una revelación mariana se giró con una vehemencia que nadie jamás le volvería a conocer:-"¡Anda y que te divierta tu puta madre!
"La hora del final. Oigo más cerca el reloj que la va a dar. Me intriga, no me aflige demasiado. Es mi modo de elevarme un poco por encima de lo vulgar, de mi, a quien duele mucho e intriga poco. Cosas, lugares, incluso afectos, a partir de cierta edad no pertenecen a la realidad, sino a la memoria, donde su destino ya sólo es de cada cual. Sin embargo hay una desesperación mansa en nosotros por no haber realizado, no exactamente lo que se llama "el sueño", porque tener un "sueño" ya es saber lo que es, sino lo que trajera la paz por haber agotado todo lo posible, lo que en nosotros quiere responder a una voz incierta que nos habla y no conseguimos escuchar, que habla pero no sabemos de qué. Tengo en mi más posibilidades que todas las realizaciones que haya podido realizar. Pero lo más insoportable es que esas realizaciones dejen absolutamente intactas esas posibilidades. Como el hígado de Prometeo, las posibilidades se reconstruyen inmediatamente después de haber hecho efectiva una realización. Como el vientre de una mujer que queda entero para otro hijo. Una realización existe en sí misma, y por tanto, no existe en la posibilidad que se es. Y eso es lo que nos llevaremos a la muerte, ese fallo enorme de nuestra imposibilidad. Y eso es lo que mas duele ante los avisos del final: esta absoluta nulidad de lo que he hecho y la alucinación de hacer, antes de que llegue la hora."
Un ascensor que se dispone a subir. Un servidor que se dispone a presionar uno de esos botoncitos tran monos que vienen en los ascensores y de los que nuestros hijos (es un decir) se chotearán en el futuro tal y como nosotros nos choteamos ahora cuando vemos el panel de control de alguna nave espacial de serie B setentera. El caso es que me disponía a subir cuando una pareja asoma precedida de un enorme carro lleno de todo tipo de artículos; cincuentones los dos y con cara de llegar tarde a casa para hacer ese pollo al chilindrón que tanto le gusta al nene los domingos y que no se emancipa ni a hostias.
- ¿Baja al parking? - me pregunta mama osa. - No, lo siento, este ascensor sólo sube - y me quedo tan ancho.
La cara de papa oso parecía decir algo así como: "me pillas con treinta años menos y te hago un piercing con el ascensor", mezclado con algo de: "Te metía una mano de ostias, te rapaba al cero y pico y pala en la siberia, ¡Mamón!", pero claro, a lo mejor el hombre tiene el día cruzado - pensé entonces -, muchas compras, mucha prisa y un trasunto de nazareno vacilando en un ascensor.
Fue al cabo de media hora cuando cobré conciencia de que lo mío fue literalmente una vacilada que, visto retrospectivamente, debió darme la imagen de macarra pendenciero que justificara aquella cara de perro con juramento gitano por lo bajini que me dedicó aquel hombre. Resulta que el ascensor bajaba tan ricamente como subía, y todavía no sé de dónde coño saqué la inapelable certeza que debieron confundir con chulería del tipo: "este ascensor sube por que me sale a mi del tranco, y punto". ¿Dotes de convicción latentes que afloran en primavera? ¿Intimidará la pinta de chuck Norris con disentería que me ha dejado esta puñetera gripe intestinal? En todo caso, pa habernos matao.
Premios: - Globo de Oro a la mejor serie de televisión- drama en 2007. -Sandra Oh también ganó el Globo de Oro 2006 a la Mejor Actriz secundaria de Serie Dramática. - En 2006 tanto la serie como Patrick Dempsey ganaron los premios People´s Choice.
Curiosidades: - En el año 2006 ha sido el programa más visto en los EE UU. - Todos los episodios de la serie en versión original , tienen como título el nombre de una canción en inglés. - Ellen Pompeo realizó un cameo en Friends donde interpretaba a una ex compañera de clase de Ross y Chaendler. - El nombre de la serie está inspirado en 'Gray´s Anatomy', un prestigioso tratado de anatomía.
Récord: En 2006 ha sido el programa más visto en Estados Unidos.
"Al final sólo quedarán los que quepan sentados alrededor de un tambor."
W.G. Sebald
Ayer fue uno de esos días que esperas como un evento poco común. Como cuando de niño se desespera ante la inminencia de una noche de Reyes, o la víspera de un cumpleaños o de un viaje de itinerario laboriosamente programado. Ayer volví a oír el canto del hielo entre mis dedos; el humo y las palabras y la música, indiscernible ésta, y aquéllas, indisociable lo uno de lo otro cuando entras en uno de esos locales de moda donde la gente queda para tomar una copa y, aunque resulte paradójico, pretende hablar. Intentar hacerse escuchar es tan difícil que tan sólo aspiras a hacerte oír, a que tu interlocutor capte algo de entre el lodazal de palabras y frases lanzadas en todas direcciones y consiga interiorizarlo, encapsulados los dos en el artificio de esa burbuja ensordecedora que nos procuramos los seres humanos en nuestros momentos de ocio. Resulta confortable (mucho más en esos momentos) dejarse arrullar por la cadencia de una voz amiga. Una voz extraña de tan extrañada. Cobijarse en los silencios que apuntalan la muerte de algunas frases. Abandonarse en el añil de las mañanas de tantos recuerdos que ahora, el bourbon, la música, una voz, evocan con nueva luz. Esto tendríamos que repetirlo, viejo amigo. Es agradable, de vez en cuando, beber con alguien capaz de acercarse, sin prejuicios, a nuestra autocompasión.
Sigo jugando a ser adulto. No es un juego que se me dé especialmente bien porque nunca se acaba de destacar en aquellas disciplinas para las que no se está llamado ni para las que jamás hemos mostrado la menor inclinación natural, si acaso en algún momento de nuestras vidas. A veces el empeño con que la vida te atrapa se traduce en ese perseverar, en esa nueva vuelta al tablero hastiado que no va a conseguir nada conmigo. Jamás. Con todo, me empeño en rodearme de toda la liturgia adulta que soy capaz de procurarme sin rebasar el límite que menoscaba mi inmadurez indomeñable. Sigo siendo un niño que no entiende, un niño que asiente como un adulto y mira de soslayo a los otros niños; a los que juegan a juegos de niños. Si bien es cierto que me obligo a diario no consigo evitar que la burda impostura de mis ademanes y composiciones adultas caigan en desgracia apenas las levanto con mis manos torpes de niño torpe. A veces ha resultado ser de gran ayuda cierto poso de gravedad que fondea en mis ojos al decir de quienes tuviesen la suficiente (infinita) paciencia como para comprobarlo, pero en realidad, esto no deja de ser puro artificio, efimeras pavesas de melancolia que se retuercen incandescentes tras el estrago de un incendio pasado que no logro recordar. El azar, sin embargo, ha querido que este viernes, casi veite años después, un grupo de viejos amigos hayan decidido volver a reunirse sin el parapeto de un pupitre de por medio ni el pretexto de unas clases que habían de esclarecer nuestros futuros sombríos e inciertos, ofreciéndome así, sin ellos saberlo, un impagable respiro que me permitiera colgar mis falsas vestiduras de falso adulto. Hubo una noche, pues, que propició el reencuentro donde se prodigaron risas desacompasadas, bocetos apresurados de vidas falsamente diseñadas, complicidades opacas que el paso de las horas volvió a enlucir con la honestidad de otros tiempos, viejas camaraderías y querencias, y desencuentros tan previsibles ahora como entonces. Hubo todo esto la noche en que constaté mi presente sombrío e incierto en sus ojos y en los mios, los ojos de una treintena de rostros desigualmente ajados por la mansedumbre de la carne para con el tiempo. Pudo haber mucho más, pero nunca lo hubo.
Estaba yo tratando de cumplir viejas promesas. De pie frente al armario, intentando decidir qué demonios se pone uno para cumplir con semejante evento. Cada estreno es lo mismo. Al principio, con la novedad de las primeras películas, la ilusión tiraba de uno con la energía suficiente como para que cualquier justificación se volviese irrelevante, pero con el paso del tiempo y de las sucesivas y previsibles adaptaciones cinemátográficas de la casa de las ideas, la ilusión no ha sido la misma, la verdad. Digamos que ahora me mueve mas la curiosidad (rara vez satisfecha) y cierta perseverancia que se vuelve obstinación infantil cuando me obligo a cumplir con el consabido estreno marveliano. Esta vez ha sido el motorista fantasma. La excusa: Nicolas Cage. Pero claro, hay que tener en cuenta que el tipo está un poco payá con esto del comicbook americano y que se moría de ganas por ponerse unas mallas (de hecho a su hijo le ha llamado Kar-El, y se rumorea que lo de Cage - el tio se llama en realidad Nicholas Kim Coppola- es por Luke Cage, otro personaje mítico de la Marvel más conocido como "Powerman"), así que tampoco el reparto era, en esta ocasión, acicate de nada, y mucho menos garantía de calidad. Dicho y hecho. El culo es el mejor indicador de que la cosa no funciona. Cuando no sabes como ponerlo para encontrar una posición cómoda que te permita soportar lo que tu encéfalo se niega a tragar tras los primeros quince minutos de visionado, no lo dudes, es que algo falla. "Los efectos están bien", sí, ese comentario también suele acudir a la torturada mente del espectador al cerrar los ojos y abrir la boca. La cucharada sigue siendo de mierda, no nos engañemos. Que ustedes la disfruten, si tienen huevos.
Bella, como en la piedra fresca del manantial, el agua abre un ancho relampago de espuma, así es la sonrisa en tu rostro, bella.
Bella, de finas manos y delgados pies como un caballito de plata, andando,flor del mundo, así te veo, bella.
Bella, con un nido de cobre enmarañado en tu cabeza, un nido color de miel sombría donde mi corazón arde y reposa, bella.
Bella, no te caben los ojos en la cara, no te caben los ojos en la tierra. Hay paises, hay ríos en tus ojos, mi patria está en tus ojos, yo camino por ellos, ellos dan luz al mundo por donde yo camino, bella.
Bella, tus pechos son como dos panes hechos de tierra cereal y luna de oro, bella.
Bella, tu cintura la hizo mi brazo como un río cuando pasó mil años por tu dulce cuerpo, bella.
Bella, no hay nada como tus caderas, tal vez la tierra tiene en algún sitio oculto la curva y el aroma de tu cuerpo, tal vez en algún sitio, bella.
Bella,mi bella, tu piel, tu voz, tus uñas, bella, mi bella, tu ser, tu luz, tu sombra, bella, todo eso es mio, bella, todo eso es mio, mia, cuando andas o reposas, cuando cantas o duermes, cuando sufres o sueñas, siempre cuando estas cerca o lejos, siempre, eres mia, mi bella, siempre.
"De pronto sucede que el domingo trae dentro de sí otro domingo todavía más negro. Con él nos mata el silencio hasta la última almena. Con él se nos enferman las flores de todo cuidado, y no hay nada a salvo, porque todo está, pero se ha ido. Hablo de esos días furiosamente adversos en que la tristeza pregunta bajo fijo relampago, y falta fe y faltan filos para defendernos de tanto desierto como somos, y aún seremos. Es cuando el alma desemboca en otra intemperie. Es cuando cualquier vino resulta un vino mas aciago de agonía, y no sirve pensar que acaso mañana vendrá al fin el alba ahijada de jazmines, porque mañana ya fue, porque pensar ya ha ocurrido, porque el dolor es saber que el dolor nunca acaba."
Estuve así mucho tiempo. No sabría decir cuanto con seguridad. Apoyado levemente, ora sobre un hombro, ora sobre otro, en el rimero de las últimas novedades templarias o en algún otro expositor de capitanesalatristes que por allí sobreabundaban, mientras te lanzaba miradasque empezaban a alejarse de la mera curiosidad. Desde hacía algún tiempo (pero ya he dicho que no recuerdo cuánto) permanecí agazapado en mi distancia, embozado en mi disfraz de bibliófilo empedernido mientras estudiaba tus movimientos. Creí en un principio que erás tú, que se trataba de tí, y fueron muchas las miradas y los rodeos y la estupida ponderación con que uno hace sus cuentas por ver si los años y algún envite mal templado eran cincel suficiente para transmutar tu efigie de chico medroso y apocado. Y no me equivoqué. Eras tú. No imaginas cuanta alegría verte de nuevo. Allí con un libro en las manos. Emocionado con algún verso que aún palpitaba en tus labios de opalo fuego, ya un tanto apagados, levemente trasijado y más encorvado (o quizá era inusitado interés por algún nuevo hallazgo), todavía con esas gafas que nada ocultan y esas cejas tan oscuras que las coronan indolentes. Esa mañana no te habías afeitado y junto al cabello largo y algo descuidado, y las magras hechuras que presentabas hubiérase dicho que andabas apurado y en mala racha, de no saber, como sabía, que no ha habido ni habrá jamás tormenta que pueda domeñar el ánimo siempre jovial y optimista que otrora te disfruté. ¡Que bueno volver a verte! ¿Cuánto tiempo habría pasado? Me acerqué a tí y a tu libro. Enderezaste la mirada todavía perdida y me la ofreciste indefenso, no sabiendo. Hasta que supiste. Me abrazaste como se abraza uno a los restos de un naufragio. Te abracé como se abraza uno a un retazo de fé que se creía perdida. Sé que te sostuve y que me sostuviste y que tu libro cayó al suelo y que lloramos mucho ese día, por todos los días que no nos tuvimos. Pero no sabría decir cuánto tiempo con seguridad. El tiempo, siempre el tiempo.
Hay días que las ventanas se cierran sólo para que caigas en la cuenta de que un día estuvieron abiertas. Días en que el negro hace bueno al gris y no encuentras explicación cabal a tanta desventura (que no es sino la ausencia de tanta felicidad acumulada en tan breve espacio de tiempo). Estás bien. Estarás bien. Tan solo el corazón. Nada más. Mañana lucirá un Sol que no proyectará tu sombra. Volverán las sonrisas y los consejos de quienes incluso te reconvienen con la mejor de las intenciones, pero en el fondo sabrás que sólo esconden intereses bastardos y esquinados que nada tienen que ver contigo. Sólo cuenta el corazón y quien un día bebió de sus aguas tranquilas y claras. Solo el corazón lo sabe, corazón.
"Hace mucho -no sé si dias, si meses- que no registro ninguna impresión; no pienso y por tanto no existo. Vivo olvidado de quien soy; no sé escribir porque no sé ser."
Fernando Pessoa - Libro de desasosiego
Mis días transcurren sin aliento; mis noches sin sueños. Infatuado por la presunción de los necios, juego a dejar que la vida pase ante mí y me dejo hacer como quien vislumbra lo inevitable al cabo de su calle. Es la vida misma, sin embargo, quien en realidad pasa de puntillas sobre nuestras estupidas y azarosas huellas, quien simplemente pasa de nosotros y se deja hacer, o en todo caso nos observa sin ánimo de juzgarnos ni pretender descifrar nuestras sutiles y efímeras estelas. Arden nuestras esperanzas amontonadas en la hoguera que alimentamos a diario, al abrigo de nuestras íntimas oquedades; cada día lanzamos una al fuego y recomponemos el gesto, resignado, acurrucados frente a las llamas. Jugando a adivinar qué señales nos brinda la vida que desdeñamos; qué sombras son esas que danzan en las paredes de nuestra acogedora cueva.
Veniamos ya de vuelta, tratando de atenuar la sonrisa, de apresurar el paso, de sujetar la costumbre. Veniamos, en definitiva, con al aire resuelto de quienes transigen y aceptan y ocultan, sabedores de todo cuanto nos aguardaba, postergando para mejor ocasión la locura que consume nuestras horas nuevas. En estas nos hallábamos, como náufragos recien salidos de nuestro océano de requiebros y embelecos, recomponiéndonos al pie de un semáforo, cuando apareció ella y nos dejó su zapato. Una suerte de cenicienta teutona, grande y pelirroja, cruzó la calle cariacontecida, a horcajadas sobre su bicicleta. Dejó tras de sí su zapato y un reguero de vergüenza absurda que amenazaba con prender como polvora cuando me ofrecí sin más a recogerlo. Desamparada e inerte sobre aquel paso de cebra, yacía, rojo sobre blanco, una manoletina desconcertada en su recién estrenada unicidad. Deshechó cualquier tentativa de confraternización y simplemente se dejó hacer, ahormándose ahora a mis dedos que se ceñían a su piel color burdeos con el mismo rigor con que lo hiciera ésta, hacía escasos instantes, en torno al tobillo de su dueña. Brotaron risas de compromiso y cierta sombra de arrobamiento que veló su mirada neutra, ligeramente cordial. Desapareció con sus dos zapatos, sorteando charcos sobre su bicicleta de alquiler y dejando tras de sí un principio sin su fin: Una bonita historia definitivamente inconclusa. Efimera por perecedera. Perecedera por previsible.
"Elisabethtown". ¿Es el nombre de la chica? ¿Su apodo? No, es el nombre de un lugar. El pretexto que nos lleva a la chica: Claire. Porque siempre, siempre, siempre hay una chica (o un chico), no lo duden. Elisabethtown ha sido escrita y dirigida por Cameron Crowe (Jerry Maguire, Vanlilla Sky,...), que tambien la produce junto a Tom Cruise y Paula Wagner. Ha sido su última criatura y en ella nos guía de la mano por una suerte de viaje iniciatico, algo errabundo y caótico (la trama a veces parece recrearse en pasajes intrascendentes y forzados), por el que Drew Baylor (Orlando Bloom) deberá transitar en la búsqueda de sus raíces familiares. El pretexto: el fallecimiento de su padre; La consecuencia: Claire (Kirsten Dunst); El destino: "Elisabethtown. El lugar donde todo empezó, el hogar al que acude el desamparado que ansía hacer tabula rasa y empezar de cero. Con esa tesitura llega Drew a la ciudad donde se crió su padre, huyendo de un fracaso laboral sin precendentes, hundido y terriblemente desorientado. En definitiva, botella irremediablemente medio vacía. Por el camino Claire, la azafata de una compañía aérea que cubre, entre otros, el desangelado vuelo que debe tomar Drew. Lo demás hay que verlo. A recordar: la interminable y reveladora llamada telefónica entre Claire y Drew. Su cita de madrugada, movil en mano, para ver juntos el amanecer. Un viaje guiado por un mapa maravilloso, el inolvidable panegírico de Susan Sarandon (la madre de Drew),... Con todo, frases como :"Haz que se pregunten por qué sigues sonriendo, esa es la autentica grandeza" o "Aquellos que arriesgan ganan", y canciones como "It'll all work out" de Tom Petty, o "Come pick me up" de Ryan Adams (entre otras muchas, me encanta la banda sonora) hacen de esta, sino la mejor película de Crowe (que no lo es), si por lo menos una con el inconfundible marchamo de la casa, que ya es mucho.
Ahora que lo pienso hay algo de Carrie en esa Claire. La botella siempre medio llena; la vida por encima de todas las cosas, apesar de la vida misma; una ofrenda torrencial e inagotable de matices renovados, arrancados de la realidad tan solo para devolverlos notablemente mejorados; siempre una segunda o tercera lectura más audaz y certera si cabe; siempre las circunstancias sometidas al tamiz insaciable de sus ojos, que esperan. Sí, la verdad es que sus ojos siempre parecen esperarte, alentando al rezagado desde algún recodo del camino mientras estudian la hermosa disposición de las nubes o uno de tantos amaneceres; saboreando la creación bajo la sombra del árbol de la ciencia. Sus ojos, que parecen esperarte condescendientes, llenos de paz, conocedores de la medida exacta de todo cuanto habita en el corazón de los hombres, son como heraldos de un mensaje secreto que arde profundo, cifrado, sellado y sepulto en el centro la Tierra.
7:06 a. m. Ochenta y una pulsaciones por minuto en mi pulsómetro. Empiezo a correr.
La rompiente rugía esta mañana con más fuerza si cabe. Mucho más que ayer, cuando entre los brazos de Carrie las olas parecían arrodillarse a nuestro paso y todas esos nubarrones no conseguían sino recrear un mundo nuevo para nosotros. A medida de nuestras deliberadas ausencias.
Debo llevar kilómetro y medio tras de mi. Ciento treinta y cinco-ciento cuarenta pulsaciones por minuto; cada vez llegan antes. El cielo parece indeciso esta mañana...
...Tal vez no. Tal vez el fragor con que el agua se estrellaba contra las rocas me llegaba ayer en sordina. Aislado del mundo como estaba entre sus brazos. El tren meciéndonos con su monótona cadencia de autómata; los ojos de Carrie -serenos estanques en cuyo reflejo no consigo reconocerme- meciéndome a su vez con la cadencia redoblada de los corazones libres. Estos seis kilometros pesan hoy como seis millas naúticas. Los pies desusadamente grávidos, desacompasado el ritmo con que mis pulmones se abastecen de aire, la mente ociosa a la deriva y mis ojos fabulando libres, intuyendo las hechuras de Carrie en todo aquello con que tropiezan: Carrie sentada mirando al mar, Carrie de pie sobre una roca desafiando las acometidas de enormes lenguas de agua, pavesas de espuma revoleteando a su alrededor...Es lo que tiene la miopía, que permite soñar despierto. Abro los ojos y toco mis sueños. Recelo de todo cuanto veo pero en mi estado, ante mi solo desfila un hermoso carrusel de imágenes, tangibles ilusiones llenas de ella. ...Me preguntaste si alguna vez soñaba contigo. Te respondí que no recuerdo mis sueños, que nunca lo hago. Cuando llegan mis noches no me quedan sueños que ofrecerle, los malgasto de dia, en tu nombre, siempre corriendo.
La sección de poesía acostumbra a ser la más desangelada de cuantas componen la planta dedicada al mundillo del libro. La librería entera, de hecho, acostumbra a ser una farsa en estos establecimientos. Con todo he recalado, incomprensiblemente, en ese espacio muerto que resiste en los aledaños, parapetado por un par de estanterías polvorientas, las manos perdidas, traveseando entre lomos de libros inertes. Libros que nadie abre, ni siquiera yo. Me dejo llevar guiado por la abigarrada disposición de las cubiertas. Curioseo un par de títulos y me aventuro a deshojar la margarita. Imposible seguir allí: Carrie anda de nuevo jugueteando con mis pensamientos, su sonrisa porfía en aparecérseme de entre las páginas de aquellos versos no leidos. Decido robar un par de ellos y enviarselos por SMS. La imagino ahora sí, sonriendo de verdad. Para ella misma. Desbocada esa hermosa sonrisa con la que tanto he soñado. Por megafonía reivindican los estertores comerciales de una "semana fantástica". No puedo estar más de acuerdo con el nombre que han escogido. Decido comprar el libro. Las dependientas intercambian miradas de complicidad. Debo de llevarlo escrito en la cara.
Mañana es un concepto que ya no entiendo. Una abstracción. Una quimera que espera paciente el sortilegio de tus dedos. Ya nada importa. Tú ya no estás. Solo ese beso que lo cambió todo. Camino por los andenes cabizbajo, con las manos en los bolsillos y el aliento quebrado. Soy la sombra de una sombra. El vestigio que tú dejaste, incompleto ya para siempre. No te bastó un viejo corazón, y te llevaste también mi tiempo, mis noches, mis dudas. Ando perdido desde entonces, esperando a que vuelvas y me tomes de la mano. Musitando la bruma de tu nombre. Intentando recordar la luz del día prendida de tí. Cuando tú me besaste. Donde tú me besaste. Ya nada importa. Porque yo sé que existes. Yo tenía razón. Ya nada importa.
"Los hombres son niños cuya voluntad puede gobernarse si sabe canjearse por el juguete apropiado. He conocido a cientos de hombres y detrás de todos ellos se escondía el mismo crío; las mismas carencias que piden a gritos resarcimiento y compensación. Sólo hay que tender la mano en el momento justo y procurar que al abrirla, ésta contenga aquello y sólo aquello que nuestro niño ansía. Le sorprendería lo lejos que puede llegar ese niño convenientemente incentivado, y le sorprendería también descubrir lo que algunos de ellos desean ver en nuestra mano. Hay ofrendas imposibles. Peticiones que paralizan el pulso y sostienen el mundo para ofrecérnoslo renovado. Hay peticiones que son un reto aceptado y compartido, un descubrirse el juego, un recoger el guante y azotarnos el rostro con él. Hay niños detrás de hombres que sólo ansían jugar con otros hombres, con otros niños. Conviene cuidarse de ellos porque esos niños ven el mundo con nuestros ojos y se lanzan a conquistar tierras fronterizas que usted y yo apenas alcanzaríamos a columbrar. Se embarcan en viajes peligrosos sin encomendarse a nada en lo que usted o yo podamos creer, y pueden olvidar escenas que a nosotros nos acompañarían el resto de nuestra vida. No puedo evitar sentir una especial atracción por esos seres y esa sería sin duda mi perdición de no haber renunciado hace tiempo al trato con los hombres; a limitar su contacto a meros trámites; ineludibles; insoslayables, me temo." Supongo que incluso a los encantadores de serpientes se les acaba el aliento.
A la noche se empiezan a encender las preguntas. Las hay distantes, quietas, inmensas, como astros: preguntan desde allí siempre lo mismo: cómo eres. Otras, fugaces y menudas, querrían saber cosas leves de ti y exactas: medidas de tus zapatos, nombre de la esquina del mundo donde me esperarías.Tú no las puedes ver, pero tienes el sueño cercado todo él por interrogaciones mías. Y acaso alguna vez tú, soñando, dirás que sí, que no, respuestas de azar y de milagro a preguntas que ignoras, que no ves, que no sabes. porque no sabes nada; y cuando te despiertas, ellas se esconden, ya invisibles, se apagan. Y seguirás viviendo alegre, sin saber que en media vida tuya estás siempre cercada de ansias, de afán, de anhelos, sin cesar preguntándote eso que tú no ves ni puedes contestar.
Hay momentos en los que uno, sin saber muy bien por qué, echa de menos a alguien. El detonante es lo de menos: una melodía, un paisaje, una vieja película... El detalle más nimio basta para retrotraernos hasta el instante en que creimos ser felices, sumiéndonos en una suerte de trance del que nos cuesta salir, abonados como estamos algunos al dictado de un corazón que se engaña a diario, que persigue a cada latido viejos fantasmas que jamás han de volver.
A mi mejor amigo le encantaba alardear. Uno era incapaz de disociar su persona de todas las bravuconadas e impúdicas machadas con que era capaz de adornarse, que eran muchas. No sé bien por qué, recordarle es un ejercicio de prestidigitación con cuatro escenas recurrentes. En una de ellas me veo abandonando su casa con su imagen impresa en la retina; su menuda figura arrinconando a una hermosa mujer contra una ventana. Recortados sus cuerpos a una contraluz crepuscular que los confundía con el resto de las sombras emergentes. Ambos abandonados a un intercambio de susurros ininteligibles y furtivos. Él insistiendo. Ella negando con la cabeza, cada vez con menos insistencia y convicción. Allí los dejé. Apenas reparando en mi marcha; ella me miró con un leve esbozo de súplica y agotamiento prendido en sus ojos. Él de soslayo, expeditivo e inusualmente lejano. Al día siguiente, como tantas otras veces, me presenté en su piso con algo para desayunar. Fue la misma chica quien me franqueo la entrada. Llevaba una camiseta vieja y deslavazada que dejaba al descubierto sus piernas. Unas bonitas piernas, lo recuerdo mejor que cualquier otra cosa. Me sorprendió verla allí, enarbolando una sonrisa que pretendía justificarlo todo, con los pies también desnudos. Me parecieron entonces dos cachorros inquietos buscando calor. Era sin duda la camarera más bonita de la pizzería donde trabajamos mi amigo y yo. La camarera más bonita de cualquier pizzería que hubiese frecuentado jamás, y el capullo de mi amigo, que distaba mucho, pero mucho, de ser un tipo agraciado, había conseguido pasar la noche con ella. Desandó el camino dando saltitos como si el escaqueado del suelo estuviera al rojo. La seguí y, ya en el dormitorio, me encontré con una de esas escenas que siempre permanecen a buen recaudo en el rincón encefálico que todos los tios tenemos para archivar este tipo de cosas. El capullo (mi amigo) yacía sobre la cama con el torso desnudo, con cara de haber dormido poco y ganas de postergar indefinidamente todo sueño reparador. Atento a mi cara, que debía ser un poema, sonreía ora mirandome a mí, ora mirándo a la diosa de la pizzería que ahora flirteaba con el embozo de las sábanas mientras le dispensaba todo tipo de arrumacos y melindres. Apenas recuerdo la conversación que se mantuvo entre aquellas cuatro paredes. Sólo conservo la imagen: yo de pie, sosteniendo la sonrisa triunfal del capullo. Una sonrisa que parecía erigirse por encima de todas las vicisitudes y las dudas y el desánimo que trataron de quebrantar inutilmente su voluntad de copulador impenitente. La sonrisa también de aquella chica (tan vacía como luego comprobé que era), tan relajada y complacida, ya todos sus miedos disipados...El capullo me miraba y sonreía casi conteniendo la carcajada. Una mirada impúdica e irreverente lanzada desde la cima del mundo, forzada por unos labios que parecían debatirse entre el desdén y el desprecio. Él me necesitaba como testigo mudo de sus proezas de alcoba; la rúbrica de quien estuvo allí y vió, y puede apuntalar así, con su testimonio blanco nuclear, todas sus bravatas tabernarias. Yo, en cambio, le necesitaba a él porque todo asno necesita ser uncido a su yugo, y el mío era vivir aquella vida sin vivirla en primera persona. Tocar a través de sus manos. Ver a través de sus ojos. Sentarme cerveza en mano y escuchar ávido de experiencias que, bien lo sabía, jamás me atrevería a protagonizar. A él, al capullo, le encantaba hablar. Hablaba y hablaba hasta que no podía más. Y casi tanto como hablar le gustaba escucharse a sí mismo. No necesitaba grandes auditorios para lucirse y revelarse como el gran narrador de historias que era. La presencia de una sola persona bastaba para que aquel extraño ángel desplegara sus alas y mostrase toda la belleza que escondía en su interior. Esa era la llave. Alguien dispuesto a escuchar con el alma. Alguien como solía ser yo. Al principio me halagaba ser partícipe de sus confidencias y su peculiar visión del mundo. Me divertía pensar, como pensaba entonces que aquel tio me necesitaba. Ahora que lo pienso contar historias era lo único que mi amigo hacía bien, pero lo hacía como nadie.
Una noche de viernes sin Bourbon es, cuando menos, diferente. Trato de suplir mis carencias de avituallamiento con una "coronita". No es lo mismo, para qué nos vamos a engañar, pero algo es algo. Tampoco es lo mismo pensar en Carrie y estar con Carrie, pero en este caso, como en aquel, algo es algo. Sé, por ejemplo, que hoy ha bailado a la luz de una luna de la que me habla a menudo. No consigo comprender qué extraño sortilegio la tiene cautivada pero no descarto volver a subir a la terraza para apurar mi cerveza e intentar averiguarlo. Parece que el nudo que se había adueñado de mi estómago empieza a ceder. Pensar en comida ya no resulta un emético tan efectivo como antes. Sigo, sin embargo, con la cabeza llena de brumas y el corazón de certezas que no aciertan a revelarse. Miro su luna y doy otro trago a mi cerveza. Imagino a carrie eligiendo vestuario para triunfar otra noche de viernes, zimbreándose llena de música, llena de esa luz de luna de la que se sirve a manos llenas. La veo sonriendo en una barra de bar, agitando su melena cobriza y el aliento de los parroquianos que no dejan de observarla, sopesando la distancia que media entre un sueño y la realidad, haciendo acopio del valor suficiente para entrarle con gracia. Acaricio el cuello de mi botella y busco respuestas en esa luna extraña que se rie de mis dudas. Sigo esperando esas respuestas que no llegan. Y sin bourbon a mano. ¡Buf!
Hoy he visto a Carrie y me temo que la nuestra empieza a ser una cercanía que se aleja de la amistad que nos esforzamos en aparentar. Nos empezamos a ver con ojos nuevos, como si lo hicieramos por primera vez. Hemos quedado por la mañana, de tapadillo, para intercambiar ese tipo de confidencias que al pronunciarse franquean toda línea de no retorno. Ella siempre me ha gustado pero... ¿cómo demonios iba a imaginarme que el interés fuera mútuo?, ya no dispongo del cómodo y cálido abrigo que el anonimato me reportaba. Ya no tengo donde esconderme y eso me aterroriza. De hecho, se ha convertido en una nueva lectora de esta bitacora absurda en la que malgasto mis horas muertas, así que aprovecho para mandarle un saludo y un beso. ¡Sí, me gustas mucho Carrie! Ahora sé buena y vete a dormir. Buenas noches.
Llega septiembre y debemos reincorporarnos a nuestros puestos de trabajo. De nuevo en la oficina haciendo frente a las sonrisas cínicas de ciertas hienas que siempre se hacen más soportables atrincherado, hombro con hombro, junto al último reducto de la humanidad, que suele encarnarse en uno o dos compañeros. No más. Afortunadamente aún me queda una semanita para esto. Con septiembre llegan también las depresiones, los divorcios, las altas masivas en los gimnasios y la consabida retahíla de coleccionables cutres que se amontonan en los quioscos año tras año. Uno de estos, ofrecido, como no, por RBA ediciones bajo el nombre de "Bichos", se anuncia estos días en televisión. En el anuncio aparece un abnegado padre junto a sus dos retoños pasando revista a todos sus bichitos de quiosco. Uno de ellos es capaz, asegura una voz en off que debe ser la del padre, de detectar un incendio a ochenta kilómetros de distancia, y en ese momento el niño alza alborozado un ejemplar del susodicho bichito de marras al tiempo que lo identifica por un nombre que, dicho sea con sinceridad, me obligo a expulsar con cierta urgencia un copazo que en aquel momento me estaba regalando. ¡¡"El escarabajo polla"!!
Después de visionar el anuncio tres veces más (silencio sepulcral en la casa, ni el vuelo de una mosca, todos esperando a que el niño repeinado alce la mano para enseñarnos su ejemplar de escarabajo polla) sigo ecuchando escarabajo polla, lo juro, y ya estoy por llamar a RBA para que me lo aclare o, en su defecto, a mi psiquiatra para que averigüe si tengo alguna obsesión oculta por los genitales masculinos que me hace escuchar voces obscenas en boca de cualquier inocente criaturita. Sea como sea estos días me asaltan dudas terribles que me hunden más y más en mi vasta ignorancia sobre la flora y fauna autóctona: ¿Existirán realmente los escarabajos polla? ¿Recibirán tan explícito y procaz nombre en honor a su descubridor, algún profesor pollosky o Pollof amante de los coleópteros? ¿o Tal vez por su forma? ¿O por sus generosos atributos? ¿Y se puede saber con qué demonios detectan estos bichos los incendios a ochenta kilometros?
Mientras desgrano todo tipo de dudas existenciales hasta bien entrado el dilúculo, aquí me envían una foto del Genaro con un ejemplar que se vió sorprendido en plena nevada. El Genaro parece contento. El escarabajo polla también.
Carrie lo está pasando mal. Probablemente hoy es uno de los peores días de su vida por la confluencia de varias circunstancias que no vienen al caso. O sí, pero ni este es el lugar adecuado para airearlas, ni ella me ha autorizado a hacerlo. Esta noche me ha enviado un sms para hacerme saber que su chico se está desmarcando. Ella está destrozada, por esto y por más cosas. Al parecer el chico se ha asustado y le ha propuesto ser amigos que es lo que la gente suele proponer cuando ya no quiere seguir intercambiando fluidos contigo. No entiendo qué pasa con algunos tios. Carrie es una tia fantástica. Lo tiene todo. Es atractiva, sexy, inteligente y tiene un sentido del humor increible. Si no estuviera casado me pegaría a ella como una lapa y no la dejaría escapar por nada del mundo. Pero el mundo es así de divertido. Dios dispone con un criterio muy curioso. Carrie cree que el problema es suyo y lo único cierto es que hoy es un mal día para tratar de convencerle de lo contrario. Quisiera poder abrazarla, decirle que es maravillosa, que ese capullo es un niñato que no sabría distinguir una mujer de un escarabajo pelotero, y que algo bueno le espera, que tarde o temprano encontrará a alguien maravilloso que sabrá amarla como sin duda merece. Quisiera decirle todo eso, pero no puedo. Ella lo sabe, yo lo sé y ese Dios que mueve los dados allá arriba supongo que también lo sabe.