sábado, agosto 26, 2006

El último puente


La chica del puente tenía unos ojos grandes y tristes, de un azul acerado que parecía agitarse como un océano embravecido por mil tormentas. Sus piernas colgaban ya como muertas al otro lado del antepecho. Sus manos descansaban sobre éste como arañas mortecinas y lánguidas.
Me miró por encima del hombro. Yo detuve mi carrera. El viento soplaba racheado y tibio, temeroso de quebrar el silencio que nos envolvía. Alborotando su cabello negro como si rasgara un tapiz entreverado de noche y jirones de cielo muerto que a cada soplo cubrían y descubrían sus ojos: dos estrellas caídas que fulgían con fuerza aferradas al puente, el único puente que la vida les tendía.
Seguí mi camino. Siempre sigo mi camino. Me giré al llegar al otro lado y ya no estaba allí. El viento ahora empujaba con fuerza sacudiendo mi ropa como a una vieja bandera abandonada en el campo de batalla, revolviéndose frenética a cada envite, deshojando lamentos en un lenguaje pérdido y oscuro.
Aquel día llovió. Llovió toda la semana.

1 comentario:

Golgi Alvarez dijo...

Es curioso, el autor se llama golgi también.